Escribe Carlos A. Bedoya

No se trata de casos aislados, ni de problemas psicológicos individuales. La cruel violencia contra las mujeres que vemos casi a diario en el Perú es un fenómeno social. Que un hombre ataque a su esposa con un taladro en Arequipa por plata; o que otro la queme viva en Tarapoto por celos, todo en la misma semana, da cuenta de una realidad que necesita respuesta efectiva desde todos los frentes estatales y sociales.

La multitudinaria marcha del #NiUnaMenos de agosto del año pasado ha sido una voz de alerta que ni el Estado ni la sociedad, hemos tomado con la importancia debida. ¿Cuántas mujeres más tienen que ser asesinadas para entender que el feminicidio y los crímenes homofóbicos no son temas “menores” rebajados a espectáculo en los medios de comunicación? Peor aún, hay actores políticos que por conservadurismo, fundamentalismo religioso, o puro cálculo, operan directamente para que esta situación no cambie.

A pesar de que entre en enero y abril se produjeron 35 feminicidios y 83 tentativas del mismo delito (reporte estadístico del Ministerio de la Mujer), el fujimorismo y sus aliados en el Congreso derogaron en mayo, el Decreto Legislativo N° 1323 que fortalecía la lucha contra el feminicidio, la violencia familiar y la violencia de género.

Como si lo más importante no fuera luchar contra estos crímenes, el congresista de Fuerza Popular, Miki Torres, justificaba la derogatoria con el argumento de que las facultades legislativas otorgadas al gobierno no versaban sobre esa materia.

En el extremo se encuentra la negación de la persistente y cada vez más cruel violencia contra las mujeres. Es el caso de la campaña #ConMisHijosNoTeMetas de las iglesias evangélicas Alianza Cristiana y Misiones, La Casa del Padre, el Movimiento Misionero Mundial, Agua Viva, las Asambleas de Dios, entre otras. Su vocero, Christian Rosas, hijo del congresista Julio Rosas, afirma que en el Perú, las estadísticas están distorsionadas, que no existe el feminicidio, sino una violencia recíproca entre hombres y mujeres en el espacio doméstico.

Todo ello con tal de desconocer el enfoque de género (llamado por ellos “ideología”) que muestra las relaciones de poder, prestigio y valor entre hombres y mujeres tanto en la casa, como en la calle.

Más ultra todavía son las palabras del Cardenal Cipriani, que dice que a las mujeres las violan porque se muestran como en un escaparate provocando al hombre; o las del pastor evangélico Rodolfo Gonzales, que hace un llamado abierto a matar lesbianas justificándose en citas bíblicas.

Razón tiene la antropóloga Rita Segato al decir (en su reciente libro “Guerra contra las Mujeres”) que entender las formas de violencia de género, es entender lo que atraviesa la sociedad como un todo.

*Esta columna se publicó en la versión impresa de Diario Uno el 1 de junio del 2017

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