Ese día, mi madre me levantó y me dijo “trae los animales”. Y cuando estuve yendo, el lugar de Lloqllapampa estaba rodeado. Por todos lados estaban los militares. Asustada regresé a mi casa.

“Mamá, algo está pasando”, le dije. Y al poco rato, tres militares entraron gritando: “¡Asamblea, asamblea!”.

Casa por casa, entraban y se llevaban a la gente. Otros no querían ir y los llevaban, empujando, golpeando.

Al ratito vinieron otros militares y le gritaron igualito. Mi mamá me dijo que me quede en la casa cuidando. Yo tenía miedo. “Yo quiero irme contigo”, le rogué. Ella no quiso.

“Quédate. Porque el chancho, los animales van a entrar a la casa, van a hacer destrozos”, me ordenó. Entonces, por única vez en mi vida, me dio un abrazo y me dijo: “Te quiero. Cuida la casa”.

Se fue con cuatro de mis hermanitos, uno cargado, otro jalando de la mano. Y como tanto lloraba me dejó con mi hermano Gerardo.

Nos quedamos en la casa, mirando lo que estaba pasando en la pampa. Golpearon a los hombres, a los ancianos, arrastraban a las mujeres bajo un molle y las abusaban. Han hecho lo que han querido. Si ese molle tuviera boca, hablaría todo lo que ha pasado.

En filas los llevaron a la casa del señor César Gamboa. Entonces, vi a mi mamá, movía su mano, como despidiéndose. Seguro ella sabía en ese momento lo que iba a pasar.

Metieron a hombres, mujeres y niños. Apenas entraron empezó la balacera. Después,bomba se escuchó e incendiaron la casa. Militares los mataron y los quemaron para que no queden evidencias.

Luego, los militares entraron a las casas, buscando si había quedado alguien. Cuando los vimos, salimos corriendo. Mi hermanito escapó para abajo y yo para arriba. Yo corría, volteando a verlo. Primero lo siguieron a él, y lo balearon. Después, los militares fueron tras de mí, me llamaron con su mano. Yo seguí corriendo y comenzaron a balearme.

Me tropecé en una piedra y me caí al huaico. Ellos bajaron a buscarme. Yo me escondí en una piedra grande. Por todos lados me buscaban. Yo estaba sin zapatos para no dejar huella, para que no me encuentren, para que no me maten.

Desde allí vi que se llevaban a los niños. A una niña la introdujeron en una casa, ella gritaba desesperada. La balearon y prendieron fuego. Yo lloraba escondida, con miedo.

Imagen: noticiaaldia.com

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Me quedé bajo un árbol toda la noche, llorando desesperada, temblando, escuchando el aullido de los perros. Como un desierto quedó ese lugar. No podía creer lo que había pasado. “Estoy soñando”, pensaba. Era una cosa horrenda.

Como a las cuatro de la mañana, mi prima Catalina Ochoa susurró en quechua: “¿pitacc kanqui?” (¿quién es?)”. Yo tenía miedo, pero como era voz de mujer respondí: “Kaypim kachkani” (aquí estoy).

Llorando me dijo: “yo también he quedado huérfana, mi madre he perdido”.

Me llevó donde mi abuelito. Tres días después regresamos para enterrar a nuestras familias. Desde lejos olía verdaderamente como a chicharrón. Los cuerpos chamuscados estaban. Había brazos, cabezas, piernas calcinados.

Rápido, los mayores hicieron huecos, dos, tres fosas y bajo un árbol hemos enterrado. Teníamos miedo de estar allí porque escuchábamos el helicóptero que venía.

De mi madre hemos encontrado una parte, de la cintura para arriba, y con mi hermanita cargada. Su cabecita al suelo cayó. Al ver todo eso, desesperada, me he desmayado.

He perdido a mi madre, Silvestra Lizarbe, a mis cinco hermanos: Edwin, Celestino, Ernestina, Víctor y Gerardo. Yo tenía 12 años. Mis hermanos eran de un año, de 3, de 5, de 7 y de 9 años. Ahora soy la única que queda.

Yo no podía mas permanecer en ese lugar. Era terrible para mí. Una semana después me fui. No soportaba ese dolor de perder a mi familia.

Vivíamos allí como podíamos, guaneando nuestra tierra para que el próximo año salga buena cosecha. Sembrábamos maíz, trigo, calabaza, fruta. Con eso vivíamos, con nuestros animales.

Acá, en Lima, fue un sufrimiento. Yo era quechuahablante. Cuando iba a trabajar a una casa me decían “serrana”, “terruca”, me maltrataban, me daban las sobras para comer, dormía en el piso.

Para mí era un infierno también. No he podido estudiar porque todos mis pensamientos eran para lo que he visto. Como una televisión pasaba por mi mente. No podía ni dormir bien. Pensaba que los militares me seguían. Estaba traumada total.

Muchos han quedado como yo, huérfanos de su madre, de su padre; viudas, todos traumados. ¿Cómo podemos olvidar lo que pasó?

accomarca 3

Han pasado 31 años para que den una sentencia. Les han dado diez años a algunos, 25 a otros. Pero ahorita están sueltos, libres, andando.

Nos citaron para las 11 de la mañana, para la una de la tarde, para las tres, y empezó a las ocho de la noche. Nos decía que esperemos, sin explicación. Y cuando entramos nos hacía alzar las manos, nos rebuscaban, como si fuéramos los asesinos. Hasta el final nos han agredido las autoridades. Ojalá que el presidente Pedro Pablo Kuczynski escuche nuestro clamor y que ahora los busquen.

Todavía no hemos enterrado a nuestras familias. Pedimos que aceleren con la construcción del Lugar de la Memoria. Para tener dónde llevarles una flor. Ahí recién sentiré paz, aunque nunca podré olvidar lo que pasó.

*Testimonio recogido por diario La República en su edición impresa del 04 de septiembre de 2016.

 

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