Por Camilo Aedo Vallejos.

Los resultados de las elecciones en Chile del domingo fueron claros: la ciudadanía quiere seguir profundizando las reformas y avanzando en un Estado que garantice derechos sociales. Si bien la principal carta de la derecha, Sebastián Piñera, obtuvo la mayoría simple con el 36,6% de votación, esta primera vuelta presidencial marcó tres hitos fundamentales: el paso a la segunda vuelta del candidato oficialista, Alejandro Guillier, con 22,7% de los votos; la irrupción como tercera mayoría del Frente Amplio, un conglomerado de partidos y movimientos de izquierda, que fue liderado por Beatriz Sánchez y que obtuvo el 20,27% de los sufragios; y la derrota de la Democracia Cristiana, cuya candidata, Alejandra Goic, apenas alcanzó un 5,8% de las preferencias del electorado.

¿Qué se puede concluir de esto? ¿Es posible afirmar que Chile se volcó a la izquierda, como la mayoría de los medios informativos nacionales ha sostenido? ¿Dónde quedó el histórico centro político que antes dominaba, a sus anchas, la Democracia Cristiana, y que en esta oportunidad se propuso recuperar con una candidata propia? ¿Qué significa esto para la consolidación o la ruptura del modelo neoliberal imperante en Chile?

Contra todos los pronósticos que arrojaban las encuestas (y esto requiere una columna aparte), la derecha no arrasó en primera vuelta. Piñera no superó el 42 ó 44 por ciento de las preferencias como durante meses se había construido mediáticamente. Y el ultraconservador José Antonio Kast logró un menguado 7,9%. Sumados no significan ningún avance en términos electorales. Es menos de lo que históricamente obtenía la derecha. Sin embargo, del otro lado de la vereda, la consolidación de Guillier como la carta que da continuidad a las políticas de Bachelet, y la irrupción del Frente Amplio con un “inesperado” 20%, reflejan un crecimiento significativo que pone la segunda vuelta en una situación de alta incertidumbre. Hay que considerar que a la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, las encuestas no le daban ni el 6% de las preferencias. En algunas encuestas ni siquiera existía. Y claro, también hay que considerar el apoyo que tuvieron los otros candidatos de izquierda, que a pesar de no sumar más del 6% del electorado, igualmente valen a la hora de un balotaje.

Aunque la centro-izquierda puede sacar cuentas esperanzadoras, creo que es aventurado afirmar que lo del domingo fue un voto ideológico o claramente progresista. Creo más bien que fue un voto contra el anquilosamiento de la clase política y contra las malas prácticas, expresadas fundamentalmente por el nepotismo y por los casos de corrupción en el financiamiento de campañas. Pero también fue un voto de defensa de los derechos recientemente ganados (o recuperados) con Bachelet.

Gracias a la dictadura y a gobiernos concertacionistas y de derecha, en Chile se ha profundizado un modelo político-económico de corte neoliberal. Es decir, se asume el Estado como un mero facilitador de las acciones del mercado. Por eso en Chile lo público fue esquilmado casi por completo: la educación, la salud, las empresas estatales, las pensiones, etc. Lo que reina, en cambio, es la privatización: el agua, las energías, las carreteras, la salud, el sistema de pensiones, las materias primas (con excepción de una parte del cobre) son privadas; hasta el mar se privatizó en el gobierno de Piñera (2010-2014) y pasó a manos de siete familias. Y esto ha generado niveles de desigualdad que son incompatibles con la democracia. ¿Es posible concebir una democracia donde el 50% de la población gana menos de 138 mil pesos (menos de 220 dólares mensuales), mientras que el 1% más rico acapara el 30,5% del PIB nacional? Y 138 mil pesos ni siquiera alcanzan para pagar el arriendo de una habitación. El punto es que el exitismo económico chileno es completamente cuestionable si se analiza con sentido crítico y más si se vive a diario en sus profundas contradicciones.

Las elecciones del domingo revelaron que la ciudadanía ya no está por mantener el modelo tal como está. Hay un porcentaje importante de la población que lo defiende a rajatabla: me refiero a la derecha. Pero su votación ha sido vulnerada. Y donde se está produciendo una nueva adhesión es del lado de la centro-izquierda, que está empezando a movilizar a ese electorado que siente el desencanto, que vive con pensiones de miseria y no quiere más el sistema privado de pensiones (AFP); el electorado que no desea más leyes escritas en los directorios de las empresas y que luego son aprobadas por parlamentarios corruptos; el electorado que quiere volver a una educación pública y de calidad —como lo está haciendo el Gobierno de Bachelet— porque fue un derecho que había sido un orgullo histórico para Chile pero que fue destruido por la dictadura militar. En fin, la ciudadanía se cansó de los abusos y se está desplazando hacia aquellos proyectos políticos que le garanticen, efectivamente, derechos sociales y una mejor calidad de vida. El histórico centro político, tan añorado por la Democracia Cristiana, finalmente se desdibujó; mostrando con ello las fisuras, cada vez más profundas, del desencanto hacia el modelo neoliberal.

Sobre el autor

Camilo Aedo Vallejos es chileno, Doctor en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB); Máster en Pensar y Gobernar las Sociedades Complejas por la UAB; Licenciado en Comunicación Social y Periodista por la Universidad de La Frontera.

 

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