En este nuevo y complejo contexto, la contradicción principal o el mayor adversario no es sólo el fujimorismo, sino una trama que lleva transando con el Estado demasiado tiempo. Dentro de ésta, probablemente el fujimorismo sea de lo más peligroso, pero no lo único.

La vacancia del presidente de la República parece inminente y es hora de estudiar posibles escenarios políticos (aunque si quieres saber cómo hemos llegado hasta aquí, quizá convenga empezar por las declaración de Marcelo Odebrecht a fiscales peruanos que recoge IDL-Reporteros). Algunos partidos políticos como el Frente Amplio la tienen clara. Marco Arana fue explícito en su intervención en el Congreso el pasado viernes durante el debate de admisión de moción de vacancia presidencial: vacancia, elecciones anticipadas y un proceso constituyente que ellos, aparentemente, dan por inaugurado con una campaña-eslogan “que se vayan todos”.

El FA, más motivado por dejar fuera de juego a morados y nuevoperuanistas, tiene como objetivo unas elecciones anticipadas que dejarían a Fuerza Popular el gobierno del país. Pero, ¿por qué aún dado esta probabilidad, insistir en elecciones anticipadas? El Frente Amplio aspira a ser fuerza hegemónica en la izquierda, y, con un Nuevo Perú recién en constitución y un Juntos por el Perú aún en la marginalidad política, parecen dispuestos a disputar el impulso de la movilización por la nueva Constitución con el Mas Democracia de Gregorio Santos, quienes llevan recogiendo firmas por ella desde octubre de 2016.

El “¡Que se vayan todos!, original de Argentina, es la consigna del Frente Amplio, Mas Democracia y otros grupos de una izquierda que espera crear las condiciones para una nueva constitución.  No obstante, en el Perú de hoy no existe un tejido social, ni un peronismo con la capacidad a movilizar a cientos de miles de personas, ni, sobre todo, una profunda crisis de hegemonía (neoliberal) causada por una grave una crisis económica. Condiciones que en el Perú todavía no se dan, ¿o acaso creen que éstas pueden crearse? O peor aún, ¿plantean un proceso constituyente sin la gente?

Así que las elecciones anticipadas, desde un punto de vista que defiende la justicia (social) y la democracia para las personas, es el peor de los escenarios posibles. El fujimorismo puede tomar las instituciones con una oposición débil, desarticulada y ultra fragmentada. ¿El mejor? Que Vizcarra esté ya en conversaciones con diferentes bancadas para construir un gobierno de ancha base, con la menor impunidad posible manteniendo al fujimorismo fuera del juego por antidemocráticos. Y con más razón tras la noticia de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos resolvió requerir al Estado peruano suspender el proceso de acusación constitucional que se sigue en el Congreso contra cuatro miembros del Tribunal Constitucional (TC).

En tiempos donde la justicia parece comenzar a aplicarse a los poderosos por corruptos (véase en España, Brasil, o Corea del Sur), a veces, lo más revolucionario (por sus consecuencias concretas, no por coherente con el horizonte imaginado) no es llamar a una constituyente, sino defender las instituciones formales del poder judicial hasta que condenen a los culpables, entre los que se podrían hallar actores clave del aprofujicastañedismo.

A PPK todavía no se le ha probado delito alguno. Sin embargo, es un buen exponente de esa corrupción legal que convierte al Estado en el socio más deseado para algunas empresas privadas que, lejos de garantizar el mejor servicio al ciudadano, trabajan juntos bajo una lógica, lucrativa. Las “puertas giratorias”, que producen conflictos de interés, son consecuencia de, seguramente, la peor de las corrupciones: la que supone un grave daño al bienestar de la gente.

Sujetos como Pedro Pablo Kuczynski encarnan y promueven algunas de las cosas que muchos no queremos para el país. Su victoria en las últimas elecciones, entre otras cosas, significó el triunfo de diferentes discursos o sentidos comunes como el de lo técnico sobre lo político, el del emprender sobre el organizarse, el del privado es eficiente el Estado no, la corrupción solo pasa en el sector público, “como tengo plata, no voy enriquecerme como presidente”, que el dinero y el márquetin son los valores más importantes para ganar unas elecciones, etc. Su vacancia significa la derrota, en parte, de todo esto. Y, por esto, estar de acuerdo con la vacancia del jefe del ejecutivo no significa necesariamente hacerle el juego al fujimorismo si se pone por delante el fin a la impunidad y retomar el diálogo con las fuerzas progresistas y movilizadas del país. Tarea, por su experiencia como gobernador regional de Moquegua, dificilísima pero no imposible para un Martín Vizcarra que ya habla como eventual presidente.

Ahora, ese trabajo (sucio para algunos) lo debió hacer el fujimorismo por cuestiones tácticas. Son ellos quienes deben cargar con la responsabilidad de liderar la mella al valor de la “estabilidad” en tanto que refuerzan su imagen de autoritarios. Pero aún más importante, no caer en el fundamentalismo antifujimorista. En este nuevo y complejo contexto, la contradicción principal o el mayor adversario no es sólo éste, sino una trama que lleva transando con el Estado demasiado tiempo. Dentro de éstos, probablemente el fujimorismo sea de lo más peligroso, pero no lo único.

Un proceso constituyente con la gente suele ser producto, no condición, de una crisis de hegemonía (neoliberal en el caso peruano), lo que vendrá de la mano de más organización y estrategia, y menos moralismo y política desde el deseo.

 

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