Escribe Carlos A. Bedoya

Ahora resulta que Kenji es el bueno de los Fujimori. Como será de bueno, que hasta genera simpatías en uno que otro militante del campo progresista. Y no solo entre los calculadores de la política por la política, sino entre gente valiosa, pero ingenua, que se entusiasma con algunos tuits de Kenji contra la mototaxi keikista, pero olvida al mismo tiempo cosas como los cien kilos de cocaína encontrados el 2013 en los almacenes de Limasa, empresa de su propiedad y de sus hermanos Hiro y Sachi.

Bajo la asesoría legal del congresista de Fuerza Popular Miki Torres, Kenji y sus hermanos han fundado una red de empresas que incluye a Perú Japón SAC, FM Capital, Inversiones Perú Japón SAC y más, donde mucha plata (que no se sabe de dónde viene) circula intensamente a manera de préstamos y acciones, haciendo de Kenji Fujimori a sus 38 años un hombre rico. Pero de eso no tuitea el menor de la familia.

La fiscalía ya le abrió investigación por lavado de activos, pero parece que Kenji se siente a salvo, tanto como su hermana Keiko, también investigada por ese delito debido a su estrecha relación financiera con Joaquín Ramírez, exsecretario general de Fuerza Popular, seguido de cerca por los sabuesos de la agencia norteamericana antidrogas.

Kenji proyecta la imagen de una víctima más de las circunstancias políticas de los noventa, que nada aprendió de las conexiones mafiosas de Fujimori padre y Montesinos cuando el Perú era un Narcoestado que vendía armas a las FARC, enviaba droga en el avión presidencial, cobraba cupos a narcotraficantes y otras perlas. ¡Qué va! Lo de Limasa es pura coincidencia.

La narrativa que nos vende Kenji muestra el tránsito de un niño bulleado en el colegio – karate y Jiu-Jitsu de por medio – a político exitoso que está más allá de los odios, que perdona y propone al país una inversión multimillonaria en bosques y agua para relanzar la economía y el empleo durante los próximos 20 años. El detalle es que el equipo económico que presenta está integrado por Jorge Peschiera y Jorge Baca Campodónico, el primero negociador oficial de la deuda externa, y el segundo ministro de Economía durante el gobierno de Alberto Fujimori. Ambos imputados tras la caída de la dictadura como autores de delitos económicos y financieros por comisiones parlamentarias y el Poder Judicial respectivamente, pero quedando medio impunes resultado de una “transición democrática” que redimió a los operadores del fujimorismo económico.

Y hoy se pretende que nos olvidemos de las drogas de Kenji, de su equipo reciclado de la corrupción de los noventa y que detrás de él está el propio Alberto Fujimori disputando a su hija la dirección de Fuerza Popular. Si bien el conflicto dentro del fujimorismo es real, en el marco de una crisis general de los partidos políticos y en particular de la derecha por salir impune de Lava Jato; los vasos comunicantes corruptos y mafiosos mantienen al Clan Fujimori todavía unido.

*Esta columna fue  previamente publicada en la edición impresa de Diario Uno el 20 de julio del 2017

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