Ni siquiera el 10 por ciento de los municipios de los distritos limeños cumple con aplicar las medidas preventivas contempladas en la ley que reprime y sanciona el acoso callejero, una práctica que se registra frecuente en los servicios de transporte, como lo grafica el testimonio de Giannina. Una víctima reciente.

Suiry Sobrino / Diana García 

Fotos de Juan Zapata

Giannina relata lo que le pasó, lo que podría repetirse con cualquier otra muchacha de su edad, en cualquier lugar de la ciudad, en cualquier espacio donde hay mucha gente, porque es el ámbito predilecto de los atacantes. No solo para no ser detectados cuando se lanzan sobre su víctima sino también para desaparecer rápidamente e intentar escabullirse. Giannina decidió no callarse por una simple razón: no quiere ser otra vez blanco de los acosadores. Esto es lo que relató a Wayka:

Vivo en Villa María del Triunfo y tomé el tren eléctrico para dirigirme a mi trabajo, y pocos minutos después, cuando llegamos a la altura del puente Atocongo, me percaté de la presencia de una persona que me hacía sentir muy incómoda. Se encontraba muy pegado a mí y no de una manera normal. Yo estaba con mi prima y un amigo de ella que se llama Fernando, y aunque yo también lo conozco, es más amigo de ella. Conversábamos y reíamos, totalmente distraídos, cuando me percaté que la persona que estaba a mi lado derecho se encontraba demasiado cerca. Estaba vestida con una falda, y de pronto empecé a sentir que el sujeto se movía. Primero solo traté de acomodarme y así evitar que mi pierna derecha no roce con este sujeto, que a pesar de que el tren sí estaba lleno, se encontraba pegado a mí como nadie más. Entiendo que cuando está repleto el tren todos tenemos que viajar incómodos, pero incluso en esos momentos la gente trata de no invadir tu espacio personal. Sin embargo, esta persona hacia todo lo contrario. Además, tenía una mano debajo de su mochila, una mochila que tenía delante de él. Se inclinaba de una manera extraña, sin importarle mis intentos por apartarme de él. Si yo trataba de alejar mi pierna derecha, él se acercaba más.

Recién cuando bajé del tren, sentí algo caliente en mi pierna. Jamás pensé encontrarme con lo que vi: el sujeto había eyaculado en mi falda.

En hora punta. El hacinamiento en el transporte público es una oportunidad para los agresores.

Lo que sucedió después a Giannina podría parecer algo fuera de lugar, excepcional, episódico. Pero no.

Se supone que desde que el 26 de marzo de 2015 está en vigencia la ley 20314 para prevenir, prohibir y sancionar el acoso sexual en espacios públicos, en donde se exige la participación activa de los gobiernos regionales y distritales. Giannina dio fe de que la ley es letra muerta:

Ley contra el Acoso Sexual en espacios públicos

Al darme cuenta de su porquería me puse demasiado nerviosa, no sabía cómo reaccionar. Estaba frustrada, indignada, sentía mucha cólera. No sabía qué hacer ni a quién recurrir. Lo único que atiné a hacer es llamar a mi prima para que llame a su amigo y le preguntara si seguía en el tren eléctrico y si es que también había visto a esta persona. Felizmente sí la había visto, lo reconoció por las características que le di. Fue mi amigo quien logró retenerlo hasta que la policía llegó. Yo tomé el siguiente tren para encontrarme con ellos en la estación de La Cultura, en el cruce de Javier Prado con Aviación. Cuando llegué y vi que ya lo habían capturado, ese hombre intentó justificar por qué había intentado huir en un primer momento. Dijo que lo hizo que contaba con un antecedente por el mismo acto. Sus palabras hicieron que yo decidiera seguir todo el proceso policial. ¡No dejé que se fuera! Los policías que se encontraban ahí me comentaron también que el sujeto intentó huir, y que lograron detenerlo gracias a mi amigo. El escuadrón de emergencia de la policía se percató de que mi amigo corría detrás de mi agresor, y ayudaron en la captura. Definitivamente tuve suerte de que lo lograran atrapar y que eso me haya permitido iniciar un proceso legal. En un momento yo intenté encarar a mi agresor, porque estaba muy enojada. Sin embargo, los policías intentaron tranquilizarme, me recomendaron que no me acerque, que no me ponga violenta. Dentro de mí me preguntaba por qué me pedían eso, acaso no entienden qué es lo que siento. Nadie me defendió, ¿y yo tenía que aceptarlo?, ¿tenía que quedarme callada y no hacer nada?, ¿tenía que mantener la compostura y no ser violenta?. ¿Qué hubiera pasado si no me hubiera pasado a mí, sino a una hermana de ellos o a sus hijas, ¿les pediría también que se queden de brazos cruzados?

Por haber identificado, atrapado y entregado al acosador, Giannina, quien había sido humillada por el atacante, recibió una nueva humillación por parte de quienes debían estar a su lado, según manda la ley: las autoridades.

La ley 30314 para reprimir el acoso sexual en espacios públicos exige la participación activa de los gobiernos regionales y distritales. Sin embargo, sólo 18 de los 43 municipios de Lima cuentan con ordenanzas que sancionan el acoso sexual. Ni siquiera la mitad de distritos. Lo que protagonizó Giannina a manos del acosador Paul Herrera es la evidencia de que casi la totalidad de la capital es tierra liberada para los asaltantes sexuales. Esto explica por qué Lima aparece con los mayores índices de delitos sexuales en América Latina.

Paul Herrera, agresor de Giannina, ya cuenta con antecedentes de acoso.

Que lo cuente Giannina:

Llevaron a mi agresor Paul Herrera en una camioneta del escuadrón de emergencia. A mí me llevaron en un vehículo de Serenazgo. Nos condujeron a la Comisaría de San Borja, aunque después nos derivaron a otra. En esa primera comisaría hubo personas que me trataron bien, por ejemplo un supervisor -o capitán, no lo recuerdo- intentó tranquilizarme trayéndome un vaso de agua. Incluso me dio recomendaciones como tomarle fotos a la evidencia que ya tenía. Cuando llamé a mi trabajo para informar que no llegaría, también me recomendaron lo mismo: graba todo y denuncia por redes.

A pesar de las personas que sí me apoyaron en esa comisaría, terminaron botándonos de ahí con la excusa que yo me había percatado de mi falda en la estación de Cabitos, entonces era jurisdicción de la comisaría de Chacarilla. Ese argumento me fastidió bastante, porque ya estábamos ahí, ya habíamos empezado. Además a mi agresor lo habían capturado en San Borja. Pasé otro momento incómodo cuando mi enamorado fue a buscarme a la comisaría y al encontrarme me contó que cuando le preguntó por mí a un policía, este le respondió que yo no estaba ahí. Además le dijo que esa mancha que yo había dicho que era semen, no lo era, que era solo una mancha X. ¿Cómo una persona que supuestamente tiene que velar por mis derechos puede decir eso?, ¿por qué yo me pondría a llorar solo por una mancha X?

De una humillación a otra, así tratan las autoridades a las víctimas del acoso sexual callejero.

 

 

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