Escribe Amanda Meza

Lima es la ciudad más contaminada de Latinoamérica, revela la Organización Mundial de la Salud (OMS), un 70% por el parque automotor y el resto por actividad comercial e industrias de generación de energía.

Solo en Lima, a la contaminación generada por el monóxido de carbono y la quema de basura como señala el estudio, se suma la contaminación sonora y poco se habla de la visual a pesar de que por todos lados hay publicidad chica, mediana y grande, en papel, en 3D, en pequeñas calles y grandes avenidas, encima de un teléfono, en un árbol, en una pared, colgando de un edificio, en un parque. En los últimos años, Lima se ha vuelto más caótica. No es solo el tráfico, es también el boom inmobiliario y la desaparición de espacios públicos.

Es conocido que el caos del parque automotor es lo primero que se nos viene a la mente cuando a uno le preguntan sobre una característica de la ciudad. Por parte de las autoridades (con mínimas excepciones), no hay acción ni reacción, parecen pertenecer al mismo club que mantiene una solución corta y simple de ciudad: primero los autos, luego el ciudadano.

Hay varios problemas que han saltado a la vista en las últimas semanas y el alcalde Luis Castañeda Lossio ni se ve, ni se escucha.

En cercado de Lima, vecinos de la urbanización Santa Beatriz protestan hace dos meses por un tercer carril en cuatro calles que cambia la lógica de urbanización por la de zona comercial sin que se les haya consultado. El tercer carril –denuncian- trae más tráfico a la zona, más ruido y altera su vida pacífica además de mutilar sus áreas verdes y parqueos. Han denunciado al alcalde de Lima ante la fiscalía, pero la justicia es lenta.

En otra zona de Santa Beatriz, en el histórico parque Hernán Velarde, un oasis en el tiempo de la Lima antigua, vecinos se encuentran preocupados por la noticia de que se construirá un edificio de 12 pisos para una universidad.

En San Isidro, los vecinos también protestan por el tercer carril que les quitará gran extensión de área verde en la Av. Aramburú. Este proyecto también ha sido rechazado por Surquillo y Miraflores. Ya se conoce que no hay estudio de impacto ambiental, pero Castañeda no retrocede.

Hace un par de días hubo una protesta de distintos vecinos de los distritos de en las casetas de peaje ubicadas en la intersección de la avenida Separadora Industrial con la Vía de Evitamiento, exigiendo la nulidad de los proyectos ‘Rutas de Lima’ y ‘Línea Amarilla’ suscritos entre la Municipalidad de Lima con la cuestionada empresa Odebrecht. Castañeda sigue mudo.

Y ni que decir de la inconclusa obra del Puente bella Unión que perjudica a los vecinos de Lima Norte, en San Martín de Porres, Los Olivos e incluso los que se dirigen hacia el Callao.

Si a estos últimos problemas les sumamos otros ocurridos este año como la informalidad en edificaciones que le costó la vida a trabajadores de las galerías Las Malvinas o el incendio que cobró la vida de un niño en el incendio de Cantagallo, donde las familias de la comunidad shipibo – konibo esperaban reubicación mediante el proyecto Río Verde. ¿Hacia dónde va Lima?

La improvisación reina en la ciudad. Nadie conoce cuál es el plan para solucionar sus infinitos problemas. Las obras solo van apareciendo. Una obvia estrategia para evitar las quejas y retardar denuncias. Casonas viejas que se van quemando para aparecer luego enormes condominios que generan, por supuesto, más dinero en arbitrios para las arcas municipales, dinero que no verán los vecinos en obras de su beneficio.

Improvisación, silencio, millones en obras, vecinos angustiados, vecinos inmovilizados. La política de gobierno tampoco ayuda. Hace unas semanas el ministro de Vivienda, Carlos Bruce, anunció departamentos de 30 y 40 metros. ¿Qué ambiente sano puede haber en tan estrecho espacio?

“Modernidad”, le llaman las autoridades. Pero, a quién se le ocurre que la modernidad es matar un árbol y poner una estatua o eliminar un parque para construir una universidad, o quitar un jardín para colocar una escalera, o ampliar un tercer carril para solo siete cuadras o para que se choque con un puente.

Lima ya es una ciudad estresante. Es un tributo al polvo y al cemento. Edificios de 20, 30 y 40 pisos. Áreas verdes eliminadas o privatizadas. La frenética construcción de by passes que no agilizan el tráfico, carriles que forman nuevos cuellos de botella, facilidades para las inmobiliarias, dolores de cabeza para los vecinos. Porque los alcaldes pasan y sus obras también, son los vecinos quienes lidian con las consecuencias de obras improvisadas y mal construidas. Los alcaldes se aprovechan de la vida salvaje de los ciudadanos y de esta individualidad reinante en el que nadie quiere pararse de su sillón para reaccionar ni protestar.

Preocupa la resignación en los vecinos y vecinas de Lima.

Tenía razón Salazar Bondy cuando usó el término “Lima, la horrible”. No solo era una Lima racista e indolente, él también veía a la Lima que volteaba la cabeza ante los intereses económicos que se iban devorando la ciudad. Nos sentenció de por vida. Nos sentenció a ser testigos del presente y el futuro.

 

 

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