Escribe Carlos A. Bedoya

¿Qué significa que la mayoría de maestros de la educación pública nacional sigan en huelga a pesar de haber conseguido la materialización de varias de sus demandas?

Esta pregunta que me parece cada vez más importante por la persistente resistencia de la protesta magisterial en las calles, necesita ser harto discutida porque ya no alcanza con decir que los profesores están manipulados por radicales. Eso que hace el gobierno y otros sectores es cerrar los ojos a lo que podría ser el momento inicial de un fenómeno mayor.

No es descabellado pensar que pueda estar en desarrollo una tendencia social que va más allá del mero reclamo sindical. Que tras varias décadas, se esté gestando un malestar general contra un modelo económico que no reparte torta a todos en tiempos de bonanza, y en crisis, hace pagar el pato precisamente a quienes andaban esperando su porción.

Al margen de la dirigencia del comité nacional de lucha, hay elementos para afirmar que las masas movilizadas de maestros estarían expresando no solo la crisis de la mal llamada “reforma educativa”, que incluye salarios de hambre y maltrato al docente, sino un malestar ciudadano ante la conducción general del país. De allí la empatía de otros sectores con los huelguistas, no obstante la satanización desatada.

Cuando empezó la huelga en Cusco, el gobierno, la mayoría de políticos y diversos analistas – incluidos caviares y jureles de la izquierda, no creían que se iba a expandir. La consideraban un asunto regional de mecha corta, así como cuando se protesta alrededor de un proyecto minero. La típica protesta que no cambia la coyuntura nacional. Sin embargo, el lío se volvió nacional y las principales zonas urbanas del país tienen maestros protestando en sus calles hasta hoy, copando toda la agenda pública.

Los ángulos de análisis que se centran en que si la dirigencia de la huelga es senderista, que si todo el pleito es solo por un nuevo sindicato, que si no levantan la huelga van a perder lo ganado, ya no sirven mucho. Lo triste es que pareciera que solo el fujimorismo y el cogollo alanista están mirando la mecha larga de protestas en las que los maestros serían los pioneros. Y llevan agua para su molino ahora que necesitan con urgencia librarse de Lava Jato, sobretodo porque el gobierno de PPK es un fracaso.

Es como si el propio premier Fernando Zavala esté jugando a favor de un escenario de tormenta perfecta: crisis económica + crisis política + crisis social = desestabilización del régimen. Hasta Del Castillo tuvo que hacer de primer ministro por unos días negociando con la huelga. Además, nuevamente se menciona la vacancia como una posibilidad. Peor aún, el desprestigio de la tecnocracia y en general de la burguesía como clase dirigente, que es otro de los resultados de la protesta de los maestros, abona en el curso de la desestabilización.

Foto de portada: Juan Zapata Sánchez | Esta columna fue publicada en la edición impresa de Diario Uno

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