Escribe Daniel Meza.

¿Existe algo más nefasto que abandonar y ser cómplice de un maltrato a tu propia madre, a la mujer que te dio la vida, te crió, abrigó y protegió? Entre los motivos antes mencionados para no votar por Keiko, que separados, ya son contundentes, no hay peor que este.

Hay que ser alguien siniestro para que tu propia madre te llame “mentirosa” (en 1994) y tres años más tarde afirme: para mí (Keiko) tiene cara de diablo” (Caretas, 1997).

Revisar la historia de Susana Higuchi no solo es triste, sino de horror. Igualmente, es indignante y atemorizante el papel que tuvo Keiko en ella. La hoy candidata, entonces una joven con capacidad de discernimiento, optó siempre por estar del lado de su padre –el hombre más poderoso del país– antes que acompañar a su madre en la titánica misión de confrontarlo.

Veamos.

En 1990 Susana Higuchi fue nombrada Primera Dama de la Nación como esposa del flamante presidente Alberto Fujimori. Pese a ello Higuchi decidió no ser cómplice de las fechorías que los familiares de su esposo ya empezaban a perpetrar a poco tiempo de llegar al poder.

En marzo de 1992 Susana Higuchi denunció públicamente a la TV nacional que las hermanas de su esposo –quienes administraban donaciones a familias pobres– ya cometían graves irregularidades. “Se cogen lo mejor para ellos y reparten estropajos, y utilizan mi nombre, y eso me indigna”, declaró Susana en una entrevista televisiva. Para entonces Keiko tenía 16 años, una edad suficiente como para entender las denuncias de su propia madre tanto como para percibir su valentía al hacerlas públicas.

El 5 de abril de aquel mismo año la denuncia se vio opacada por el “autogolpe” de estado que dio Alberto Fujimori. El ‘Chino’, sin embargo, no dejaría de vengarse de Susana por la ‘deslealtad’ que ella cometió. La separó de sus hijos, Keiko, Kenji, Sachi y Hiro y la encerró en alguna habitación de Palacio, según el propio testimonio de Higuchi.

Pero el encierro fue solo el inicio. Higuchi denunció (años más tarde) que un fin de semana entre abril y mayo de 1992 ocurrió esto: “ocho personas me sacaron con mucha violencia del departamento que nos fue asignado en el Servicio de Inteligencia del Ejército (…) con los ojos vendados, me encapucharon, me metieron en una camioneta y me llevaron a no sé dónde. Me torturaron con golpes hasta que caí inconsciente. Me inyectaron algo para que me quedara totalmente dormida. Allí me aplicaron ‘electroshock’, porque cuando vi hablar a Demetrio Peñaherrera, me preguntaba a mí misma: ¿me habrán hecho lo mismo? Yo, como Vaticano, quedé con lagunas mentales, no hilaba bien las oraciones, no sabía lo que hablaba (sic)” (testimonio a la revista Caretas, 2002).

¿Y qué dijo Keiko sobre esto? Ya en el 2016, la candidata presidencial calificó denuncias de maltrato a su madre como meras “leyendas”.

Finalmente, un día de agosto de 1994, Alberto Fujimori consumaría su venganza a nivel oficial, dando un discurso a la nación en la que retiraba a Higuchi de su cargo protocolar de Primera Dama para después dárselo a su hija Keiko. El mismo día, una humillada Higuchi dejaba Palacio de Gobierno sola, sin la compañía al menos de la mayor de sus hijos, quien para entonces ya tenía 18 años.

Keiko tampoco estuvo con su madre un año después, cuando esta última decidió batallar y hacer frente a Alberto Fujimori postulándose como presidenta del Perú. Susana declaró en conferencia de prensa en setiembre de 1995: “(…) me lanzo. Ante tanta corrupción y promesas incumplidas, me siento en la obligación de cumplir con compromisos que asumió mi esposo, continuando con lo positivo, pero con la transparencia que el Perú se merece”.

Con 19 años cumplidos, Keiko tampoco acompañó a su madre cuando esta denunció en una austera rueda de prensa que su ex marido la neutralizaba con la famosa Ley Susana. Se trataba de una enmienda a la ley electoral sacada bajo la manga para sacar de carrera a Higuchi –en la que se prohibía a la esposa del presidente postular a la presidencia– vulnerando sus derechos como ciudadana.

El 2002, Higuchi siguió dando detalles de su pesadilla como mujer del reo de la Diroes, desvelando episodios espeluznantes: contó que en una ocasión el japonés la amenazó con un machete, en otra echó veneno para ratas al aire acondicionado de la alcoba presidencial cuando Higuchi estaba adentro, lo acusó también de echar veneno a su comida, lo que le ocasionó úlceras.

Pero para Keiko, todo esto no fueron más que “leyendas”. Así como lo lees.

Queda claro que la mayor de las Fujimori eligió durante su juventud la opulencia de la vida palaciega a acompañar a su madre en la vida modesta y combativa que llevó tras ser expulsada de Palacio.

Solo el amor de madre puede perdonar semejante ruindad. Hoy, Keiko Fujimori, utiliza a su madre (cuyo estado de salud está evidentemente resquebrajado) para hacer campaña.

Amigo lector, ¿le darías el gobierno de tu país a una mujer con esta escala de valores?

Este 10 de abril, el futuro del país está en tus manos.

 

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