Escribe Angélica Motta

Escribo desde la rabia y la indignación. Es demasiada violencia, de todo grado, de todo tipo. La depredación sexual que muchos hombres perpetran sobre el cuerpo de las mujeres parece no tener límites y nos muestra una vez más todo lo que nos falta transformarnos como sociedad.

A cualquier hora del día, en cualquier lugar, a cualquier edad. Toda ocasión se convierte en invitación y razón para violar o acosar: porque vas a una fiesta, porque tomas alcohol, porque te pusiste minifalda, porque estas “sola” (aunque estuvieras acompañada de varias amigas), porque cruzas las piernas, porque transitas la vía pública, porque usas el transporte público, porque haces trabajo voluntario para colaborar en el censo de tu país – como acaba de suceder –  o ya sencillamente porque naciste y estás viva, porque hasta una bebe de dos meses puede ser víctima de depredación sexual por parte de su propio padre como vimos hace poco en Huaraz. En el Perú ocurre una violación sexual cada dos horas, según informó recientemente la viceministra de la Mujer. ¿Es posible poner en cuestión que este es un país de violadores?

La depredación sexual es una experiencia totalizadora en la vida de las mujeres. En otro artículo escribí sobre la cultura de la violación en el Perú, apuntando que esta se impone sobre nosotras seamos o no víctimas, porque uno de los primeros y más relevantes aprendizajes sobre nuestra sexualidad es que podemos ser violadas. Riesgo que nos acompañará permanentemente. Nos inoculan, además, la idea de que si nos llega a pasar será nuestra culpa.

Paralelamente, se les enseña a los hombres que su sexualidad es ingobernable, que su deber masculino es “conquistar” mujeres (así estas lo quieran o no). En un reciente estudio con más de 2,500 escolares de entre 15 y 17 años de escuelas de Lima, Ayacucho y Ucayali, 1 de cada 3 chicos dijo que cuando una mujer dice que no en realidad quiere decir que sí. Tristes cifras que nos hablan de una cultura de la violación vigorosa que no para de reproducir depredadores sexuales en las nuevas generaciones de peruanos.

La violación sexual es un punto de llegada de múltiples grados de acoso que las mujeres enfrentamos a diario. Personalmente, no conozco a ninguna mujer que no haya pasado por la experiencia de acoso callejero (mal llamados “piropos”). Según estudio de la PUCP (2016) ha ocurrido en 9 de cada 10 mujeres de 18 a 29 años en Lima-Callao. Es una forma de acoso tan normalizada que nos tildan de exageradas si lo apuntamos como problema, sin darse cuenta (o no queriendo hacerlo) de que se trata de una de las tantas violencias cotidianas que alimentan la cultura de la violación. En estos días la campaña #YoTambién ha ayudado a visibilizar la aplastante prevalencia de la depredación (hetero)sexual.

Desde las luchas por la igualdad y los derechos de las mujeres no nos cansamos de demandar al Estado política pública eficiente que ayude a cambiar las relaciones de género que sustentan la violencia y la desigualdad, en particular la que pueda desmontar la masculinidad violenta desde la escuela (Educación Sexual Integral YA!). No nos cansamos de demandar el fortalecimiento de todas las instancias llamadas a trabajar en la prevención, en la asistencia oportuna a las víctimas y en garantizar todo el peso de la ley a los agresores. Lamentablemente, no alcanza.

Los cambios en las mentalidades y en las instituciones que se requieren para la transformación profunda de esta crítica situación van a tomar tiempo aún si se implementaran con toda diligencia, que está muy lejos de ser el caso. En muchas de sus instancias, el Estado nos desprecia. Por ejemplo, ¿cómo se explica que el INEI no haya hecho ningún protocolo para prevenir situaciones de acoso/agresión sexual de las empadronadoras, mujeres en su mayoría (63%)? Y ¿cómo entender que ante la violación de una de ellas, el supervisor haya ofrecido dinero para silenciar el problema?

Además de seguir insistiendo al Estado y sin perder de vista su responsabilidad de garantizar la erradicación de la violencia de género en el país, esta situación nos reta a las mujeres a buscar crear y fortalecer formas de acción colectiva entre nosotras para defendernos en momentos de emergencia. Se trata de iniciativas cruciales, como lo fue la participación de la vecina de  Micaela de Osma para detener a Martín Camino Forsyth cuando la golpeaba.

Tenemos plataformas en redes como la de #NiUnaMenos, #LasRespondonas, #ComandoPlath, entre otras, donde reflexionamos, compartimos y nos apoyamos frente a abusos consumados. ¿Será que podemos crear una aplicación georreferenciada, con las participantes de estos grupos y más, para reportar emergencias de violencia de género y que mujeres que se encuentran cerca vengan a apoyarnos o ir a apoyarlas?

Por otro lado, hay propuestas interesantes de autodefensa feminista que pasan por el entrenamiento en defensa personal como la del Comando Colibrí en Ciudad de México. En su página de Facebook se describen como “una escuela de defensa personal para mujeres y otros cuerpos en peligro”. Sé que en Lima ya han tenido lugar algunos talleres de este tipo, fundamental. Es tiempo de promover más activamente la defensa personal para las mujeres desde niñas como medida de urgencia mientras seguimos luchando por transformar el país de los depredadores sexuales. Y no, no se trata oponer violencia a la violencia. Se trata de legítima defensa de nuestra integridad. Nos están matando y violando y necesitamos esfuerzos en todos los frentes.

¡El 25 de noviembre, día de la no violencia contra las mujeres, salimos de nuevo a las calles!

 

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