Escribe Amanda Meza

Esta palabra ha acompañado al periodismo desde tiempos inmemoriales. Se habla mucho de una profesión deslegitimada, pero pocas veces de sus causas. Una de ellas es la nula autocrítica sobre lo que “no sabemos” y sobre lo que “avalamos conscientemente”. Uno de los temas en los que el periodismo no está dando la talla es la violencia de género.

El caso de Lorena Álvarez y el agresor Juan Mendoza se volvió mediático esta semana cuando la periodista se armó de valor y denunció. Pero, ¿cómo se ha tratado el caso en medios? Primero, cierto silencio en las casas televisoras, porque se chocaba con una periodista y economista-analista-opinólogo-amigo de periodistas y, en cambio, mucho rebote en redes sociales. Es sabido que el gremio periodístico es muy afín a encubrir a los amigos. Así como ‘otorongo no come otorongo’ en muchos casos ‘periodista no come periodista ni a sus amigos’. Y esa clase de impunidad nos ha hecho mucho daño en el pasado y nos lo sigue haciendo en el presente.

Ayer, en su propia casa televisora, Lorena Álvarez, con la cara sin maquillaje (como advertencia de esto no es un show) contaba su versión como réplica a una terrible entrevista del programa Panorama en el que, a pesar de los intentos de la conductora de cuestionar a Mendoza en algunos momentos, fue una tribuna gratuita que el agresor usó para ejercer violencia nuevamente.

El agresor en Panorama se divirtió a sus anchas. He venido a “defenderme”, dijo, y usó todas sus armas de violencia para hacerlo, para desacreditar a su víctima, para vengarse. En canal Latina, la víctima, tuvo que volver a revivir la agresión, lo dejó expuesto y reconfirmó la denuncia.

Primero, me llamó poderosamente la atención que antes del testimonio de Lorena Álvarez tuviéramos ver 20 minutos de comentarios sobre el fútbol. Una falta de respeto y hasta me atrevo a decir que abona como violencia psicológica de parte de sus propios colegas. ¿Es la violencia menos importante que un partido?

Segundo, ¿era necesario darle tribuna al agresor? No. No era necesario porque ya conocíamos el examen médico legal. Hacerse de la vista gorda sobre esa información y sobre el testimonio de la víctima es ser cómplice de la violencia. Es justamente lo que siempre rechazamos del sistema de justicia. Jueces y fiscales asumen siempre que la víctima miente y en cambio si valoran el testimonio del agresor. Es siempre la víctima quien tiene que probar que no miente y si los periodistas dudamos estamos avalando ese sistema que perpetúa impunidad.

El hecho que se hablara de Mendoza como “presunto agresor” es reforzar esa idea de que los testimonios de las mujeres no valen. Le atribuimos una coraza al agresor, de la misma manera que le damos las herramientas para quedar impune cuando escribimos o decimos que la causa fue un  “crimen pasional” o un “móvil sentimental”. No existen los crímenes pasionales, son discursos que han quedado fijos desde antaño para reforzar la idea de que la violencia es natural en el ser humano, una expresión de un sentimiento de “amor”. Antes de que el feminicidio fuera una figura legal, ese era el argumento que se usaba para librarse de la cárcel. Aunque todavía hay jueces y fiscales que piensan así, el periodismo está llamado a cambiar esos prejuicios, estereotipos de género. Para un ejemplo, el abogado de Camino Forsyth, agresor de Micaela de Osma, dice que “fue un problema de celos” y pese a lo que todos hemos visto en vídeos niega que la arrastró por el suelo. “solo la jaloneó”, dice. La prensa podría pedir sanción para estos abogadxs que avalan la violencia de género, sería un gran avance.

Otro argumento al que la prensa da validez es el de “monstruo”, “enfermo” para el agresor. No es así, hay agresores en todos lados. Puede ser padre, hermano, primo, hijo porque somos y vivimos en una sociedad machista. El agresor no es un ser excepcional, está en cualquier esfera de nuestra vida.

Finalmente, los casos de violencia de género quedan como anécdotas en los medios porque no se ataca el problema de fondo. El del cambio de mentalidad y el de perfeccionamiento de las leyes, pero no solo darlas sino hacerlas efectivas. El presupuesto para tener más personal en medicina legal, más comisarías de la mujer, más casas de apoyo, más jueces y fiscales con formación en género, más información sobre los derechos de las víctimas, las garantías para sus vidas y las de sus hijos e hijas. Mucho por hacer a nivel periodístico.

Ayer Mónica Delta le preguntó a Lorena Álvarez. ¿Por qué dejabas que te dijera qué escribir o qué hacer? “Yo solo quería hacerlo feliz”, respondió. No se hace feliz a nadie a costa de la propia vida. Pero esa forma de pensar y de vivir puede cambiarse de a pocos también si el periodismo ayuda a evidenciar la falta de un enfoque de género, de no darle voz a los agresores a cambio de rating. Otra periodista, la reportera Lourdes Paúcar ha informado ayer en su Twitter que también hizo denuncia contra su expareja que es periodista también. Poco rebote ha tenido. ¿Por qué? El periodismo, entonces, no es garantía de nada.

El periodismo tiene que ser más como la vecina de Micaela de Osma. Que comprende, se solidariza, se arma de valor, denuncia, persigue justicia, promueve un cambio social.

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