Diana García/Juan Zapata

En la entrega anterior, Wayka expuso una primera parte de las condiciones de vida de los damnificados a seis meses de ocurrido el fenómeno del Niño Costero en las zonas zonas rurales de Jayanca e Íllimo, en Lambayeque. En esta segunda entrega presentamos a Mórrope y Tumán.

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“Durante la emergencia nadie se puso a pensar qué es lo que las mujeres necesitaban”.

Es lo que nos cuenta Natalia, parte del Colectivo Lambayecanos en Acción y activista feminista. Ella se refiere específicamente a toallas higiénicas – porque a las mujeres les viene la regla –  o anticonceptivos. Eso era considerado secundario porque lo importante era dar alimentos y abrigo para dormir.

Durante la acción que realizó Lambayecanos en Acción, ellos encontraron que parecía no haber un control de las personas/familias que integraban una carpa. En algunas habían hasta 10 personas. Y algo que no se ha tomado en cuenta es que situaciones de crisis generan estrés, y en estos contextos, los conflictos aumentan. Natalia nos cuenta que si bien ella detectó algunos casos de violencia, en los registros del Centro de Emergencia Mujer (CEM) no fueron reportados. Fuentes del CEM Lambayeque confirmaron que los índices de violencia familiar se duplicaron, pero no están reportados oficialmente. A este contexto se le suma la violación de la privacidad, condiciones de hacinamiento o el riesgo de trata de personas. Incluso la seguridad de procrear y concebir.

Gestantes en Mórrope tienen una actitud optimista. Foto: Juan Zapata

 

Durante la emergencia las mujeres fueron una pieza clave, me dice Rosa Rivero, directora de Ceproda Minga. Pues ellas recolectaban víveres, cocinaban, cuidaban a los niños y organizaban a la comunidad. Y esto es algo que se puede optimizar en el plan de reconstrucción, pero que lamentablemente no figura.

Bertha

(Santa Isabel/Mórrope)

Bertha tiene 43 años y tiene 4 hijos. Uno de 12, 10, 6 y su bebé, que nació semanas antes de la emergencia.  El día que llovía, ella estaba sentada en la puerta de su vivienda con su bebé en brazos y al lado, sus niños que lloraban. Ella pensó que era el fin del mundo. Su esposo se los llevó al distrito de Mórrope a las 8 de la noche del 14 de marzo. Dos minutos después que lograron pasar, el río se salió inundando el caserío de Santa Isabel.

Bertha es promotora de salud, el periodo de emergencia también le enseñó a ser una líder en su comunidad. Foto: Juan Zapata

 

“Soy promotora de salud. Yo visito, veo cómo están los niños en casa, yo informo a la posta si hay algo mal. En este contexto de emergencia el estrés aumenta. ¿Sabes? No, he visto ninguna atención con salud sexual y reproductiva. Todo se ha enfocado en otras cosas, más de infraestructura pero no cosas como el cómo se consiguen toallas [higiénicas] porque en ese momento no hay nada y uno ve y hace como puede hacer sus cosas. O sea, en general. No había cómo salir a comprar y nadie pensó en eso.

Y lo peor es que dicen que se viene ese fenómeno y aquí no estamos preparados. Vamos a desaparecer.

Creo que deberíamos tener más capacitaciones para orientar a la población. En Santa Isabel tenemos bastantes adolescentes. Acá viven como mil familias, en cada casa a veces hay dos familias y ahí hay adolescentes, jovencitas. Tenemos que estar pendientes de ellas”.

 

Escolares del colegio nivel primaria de Mórrope a una semana de iniciar clases. Ellas están frente a un mural de prevención de dengue que sensibiliza a la comunidad. Foto: Juan Zapata

“Hemos cambiado hábitos. Aquí hemos cambiado la limpieza, el ordenamiento, el lavado de manos. Pero lo que las mujeres no tenemos ahora es el baño. Lo hacemos por ahí [en la pampa, en los descampados detrás de las casas o en los pozos ciegos]. Con los niños y las niñas hay que tener cuidado, estar lavandoles y estar ahí. Cualquier cosa puede pasarles. Para ducharse tenemos que tener agua y tanquecito, de a poquitos… y estar ahí y en la noche, como no hay luz, con una linterna.

Estamos así, desde marzo.”

El techo de esta vivienda no soportó la lluvia. El dueño apostó por cambiar el adobe por ladrillos y cemento. Foto: Juan Zapata

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Algo que también se omite en el plan de reconstrucción es el enfoque sociocultural y el contexto en el que se encontraban los lugares que se inundaron. Por ejemplo, el tráfico de terrenos y la discriminación. En el Caserío de San Jorge, también en Mórrope, un grupo de damnificados vive un drama: Los ánimos de una nueva vida y mejores oportunidades llevó a un grupo de migrantes de origen chotano de Cajamarca a comprar terrenos en la costa lambayecana. El problema es que se los compraron a traficantes de terrenos.

Wilmer Piscoya Sánchez, Secretario Técnico de Defensa Civil de Mórrope. Foto: Juan Zapata

Wilmer Piscoya Sánchez, Secretario Técnico de Defensa Civil de Mórrope nos dice que ante todo, los miembros de San Jorge son migrantes y seres humanos y buscan solucionar esta situación. Nos asegura que están recibiendo ayuda y están manejando el conflicto. Pero no nos sabe responder por lo que está pasando en los centros médicos, por ejemplo. Pero ahora están más tranquilos, nos dice.

 

Luz Marina y  Jessica, la discriminación

(San Jorge/Mórrope)

“Esto es temporal”, me dice Luz Marina

Estos módulos, en donde estamos, son prestados en este terreno por dos años. La zona donde estaban nuestras casas no es segura. Se puede asegurar y ponerle un relleno para que las casas suben”.

Modúlos de vivienda temporal en Santa Isabel, Mórrope. Algunos de sus habitantes aún viven en carpas. Foto: Juan Zapata

“No nos quieren acá. No es que nosotros queramos estar sentados acá. Yo no entiendo. Dicen que no nos quieren porque somos serranos. Que les hemos venido a quitar sus tierras. A la gente en las postas nos dicen que nos esperemos. Se ponen a conversar y nos dicen que esperemos. Yo fui al centro de salud a recoger un carnet  urgente y me dijeron que regrese mañana porque no soy de aquí. Nos dicen ‘espérate o regresa mañana, tu no eres de aquí, eres serrana. Nos dicen que somos serranos rateros, que somos flojos”.

Jessica y Luz Marina en San Jorge. Nos cuentan que se turnan para cuidar el caserío porque temen ataques de sus vecinos. Foto: Juan Zapata

“Nos dicen espérate o sino regresa mañana, como esa gente le lleva menestras o su botella de chicha y como nosotros no, nos tratan como cualquier cosa. Si mi paciente (familiar) se muere, ¿yo voy a esperar hasta que usted tenga la amabilidad de atenderme? Eso no le dice su profesión.”

Mórrope es un caso particular, porque además es un reservorio y el agua de todos los pueblos pasan por ahí.  Las aguas de los ríos Motupe, Tacora y La leche desembocan en Morrope.  Walter Piscoya, además, no dice que el río se descolmató en el año 2015 porque se esperaba el Fenómeno del niño en el 2016 y lo que ocurrió fue un periodo de sequía. El alcalde, al tomar las medidas de prevención, asevera Piscoya, fue blanco de los disparos opositores e incluso le dijeron que estaba loco. 

Esta laguna no existía, fue producto de las lluvias. Foto: Juan Zapata

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Tumán es el único de los lugares visitados en el que los daños no fueron de la misma dimensión que el resto de Lambayeque. Pero lo que sí tuvieron fue dengue. De hecho, en registros del Ministerio de Salud el Dengue se disparó a 976 casos, más del 200% de casos registrados durante todo el 2016 (351). Las promotoras de salud nos cuentan que ellas encontraron hasta 1200 durante la emergencia, pero no todos fueron reportados a los Centros de Salud. Sin embargo, eso no es lo único que le pasaba a Tumán, a eso se le añade el ‘Estado de Emergencia’ que desde fines de abril complicó la situación. En resumen, en Tumán no solo se disparó el dengue (porque estuvo en alerta roja), también se dispararon balas y bombas lacrimógenas, porque ni bien empezaba a calmarse el dengue, un conflicto social llevó al distrito a un Estado de Emergencia que se ha extendido 30 días más al cierre de esta publicación.

Tuman luce desolada producto del Estado de Emergencia. Foto: Juan Zapata

 

 

Irma y Nela: entre el dengue y el toque de queda

(Tuman)

“Cuando el dengue empezó, nadie iba al médico hasta un chico falleció de dengue hemorrágico. Y ahí recién empezó a visibilizarse. Y aún así en Salud lo negaban, pero cuando quisieron hacer algo, los casos aumentaron a niveles abismales”, nos dijo Nela ni bien llegamos a Tumán.

Irma y Nela, promotoras de salud en Tumán. Foto: Juan Zapata

Nela es promotora de salud en la urbanización Acapulco en Tumán. Esta labor es una colaboración voluntaria para su comunidad y le enseña mucho. Y no solo respecto a temas de salud, sino también de empoderamiento como mujer, pues ella, junto con Irma, quieren ser un agente de cambio y reciben constantes capacitaciones. Entre sus tareas, el dengue es algo con lo que lidiaba frecuentemente, sobre todo durante la emergencia, por ende, los síntomas  los conocía y también qué hacer si se encontraba con esos casos… hasta que le dio a su hija.

“Mi hija empezó con dolor de hombros, dolor de cabeza y malestar. Luego fiebre y le dolía la cintura y el vientre. Ella estaba con seis meses de embarazo. Yo he tenido 6 hijos. Sé qué cosas debe doler y que cosas no. Fui al médico y las obstetrices del centro de salud me dijeron que no podían ayudarme  y cuando insistí, dijeron que se trataba de las amígdalas  Le dieron dos paracetamol y la mandaron a casa.

Esa noche la fiebre  de mi hija subió a 39º. Ella lloraba y deliraba. Teníamos miedo por ella y su bebé. Y yo, yo sabía que era dengue”.

A Nela no podían decirle lo contrario, me dice. Y es porque ella capacitaba e informaba en prevención para salud en su comunidad. Lo que hizo esa noche fue llevar a su hija a emergencias e insistir tanto que, cuando el personal médico por fin aceptó hacer el examen, la prueba a dengue dio positiva.

“Mi hija pudo morirse o su bebé quedar con un daño permanente. Yo más temía por el Zika. En algunas regiones de Lambayeque se ha detectado Zika. Gracias a dios no fue así”.

Centro de Salud de Tumán. Los vecinos se quejan de que es una casa y no un centro con la adecuada infraestructura. Foto: Juan Zapata

 

La preocupación e insistencia de Nela con el dengue fue porque en ese entonces, el distrito estaba declarado en alerta roja.  El zancudo pululaba con tanta intensidad que era lo más parecido a una cortina. Las personas, prácticamente respiraban zancudos. Y eso es porque durante los meses previos a la emergencia tuvieron un periodo de sequía en el que el mal almacenamiento de agua dio lugar a un criadero de zancudos, situación que se disparó con la ruptura de tuberías, lluvias y pésima infraestructura que convertían las calles en pozos durante el periodo de emergencia.

“Tumán fue zona roja de dengue y era un caos porque estamos en emergencia” continua Irma.

La última casa con bandera roja de Tumán. Foto: Juan Zapata

 A partir de las 8 de la noche no podemos salir.

 Hijita, acá es un caos. Además del dengue, la gente no podía salir a curarse de noche o ir al hospital de emergencia.  Vinieron 1000 guardias, ejército y DINOES. Todo Tumán estaba con militares y metralletas. Los trabajadores reclamaban y tiraban bombas lacrimógenas y dispararon. En el centro estaban las escuelas de primaria, inicial y las de secundaria. Tenias que ver a esos niños como salían. Se desmayaban. Sus padres tenían que ir a sacarlos. Tenían tapadas sus bocas. Vomitando. Llorando. Eso fue en abril y mayo. Las personas se automedican por el estado de emergencia.

Una calle de Tumán durante el Estado de Emergencia. Foto: Juan Zapata

 

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En Lambayeque están muy preocupados. Han pasado seis meses y las familias damnificadas siguen viviendo en módulos o carpas en campamentos. Algunos han regresado a donde se encontraban originalmente sus viviendas antes de la inundación. El Colegio de Ingenieros de Lambayeque ha decidido promover una marcha para que el ejecutivo atienda las necesidades de la población y la reconstrucción. La manifestación apunta a realizarse el 13 de noviembre, pues la lluvias comenzarán pronto, y las proyecciones anuncian que un nuevo fenómeno del niño se avecina.

Duchas temporales en Lambayeque. Tres calaminas como pared y una puerta de madera. Foto: Juan Zapata

Frank Boeren, director de Oxfam y una de las organizaciones que atendió las áreas rurales afectadas, sostiene que los damnificados no pueden seguir viviendo así y no se puede depender de la buena voluntad de una autoridad local siempre.

No pensemos que con esto lo peor ha pasado y no pasará en el futuro. Seamos realistas. Eso debemos verlo en la planificación, en las proyecciones. Se contaba una epidemia de cólera y felizmente no pasó. Un próximo Niño puede traer esa epidemia.

Al revisar el plan de reconstrucción, no vemos en explícito que se considere el ámbito rural, que si bien no han tenido la misma connotación de pérdidas y daños que el ámbito urbano, sí han sido afectadas y parecen estar en el abandono. En esto, Gilberto Romero y Arturo Liza, presidente y coordinador de PREDES sostienen que la participación de la ciudadanía en el proceso de reconstrucción con cambios es vital y de suma importancia:

Pero más importante es la planificación y estudio. El plan solo contempla la reparación de obras de riego, cemento, solo obras. Lo que está ausente es un enfoque de derechos y las zonas rurales. Se debe apuntar a las causas del desastre, el plan de reconstrucción, también debe apuntar a la reconstrucción que haga efecto en las causas, como las cuencas altas, donde se hace agricultura y se haga un manejo adecuado del agua. Y esto es vital porque en esta parte alta, se encuentran las zonas rurales.

Hasta el cierre de esta nota, Pablo de la Flor, declaró a los medios que lo que se ha iniciado en las obras de reconstrucción de Lambayeque es la descolmatación del río La Leche. Por su parte, Humberto Acuña, gobernador de la región afirma en diversos medios que la reconstrucción demora por la descoordinación entre la Autoridad de la Reconstrucción con Cambios y las autoridades regionales y locales. Asimismo pide al ejecutivo evaluar el Estado de Emergencia que se mantiene en Tumán.

El periodo de lluvias está a punto de comenzar ¿tendremos una efectiva reconstrucción con cambios?

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