Escribe Carlos A. Bedoya

Morir a los 92 años de edad, el mismo día que tu pareja, luego de una vida plena con múltiples realizaciones es un lujo que pocas veces puede regalar el azar. De Szyszlo y su compañera de décadas, Liliana Yábar, lo han logrado y nos dejan una lección a todos.

Sus seguidores y detractores podrán decir mucho del que fuera uno de los pintores más importantes del país, y no solo en términos académicos, porque más allá de artista plástico, De Szyszlo fue un político a su modo.

Críticas y laureles aparte, lo cierto es que De Szyszlo fue una persona de decisiones firmes. Una de las más importantes que tomó, fue quedarse en el Perú. Pudo radicar en Europa y gozar de una fama mayor y más grata que la de ser profeta en su tierra, pero decidió vivir aquí, e imagino que del mismo modo, ejerció su derecho a morir en este lugar y en el momento que considero oportuno.

Quiero imaginar que De Szyszlo y Yábar viajaron al extranjero hace poco a despedirse de sus amistades, que en Lima hicieron una cena con sus seres queridos para decir adiós, y que dejaron una carta explicando su decisión, pero que sus parientes jamás la difundirán. Quiero imaginar también, que planificaron su muerte de tal manera que decidieron ejecutarla un día antes del partido que embruja a los medios y a las masas, para que nadie hable mucho de su deceso.

No quiero creer en eso de la muerte accidental cayendo por la escalera, esa que rompe cuellos y se lleva a dos de manera violenta, imprevista y dolorosa. Quiero imaginar que De Szyszlo y su compañera murieron en paz, asistidos, tomados de la mano, con profunda consciencia de lo que hacían, sin dolor y con el placer de haberlo vivido todo. Y deseo profundamente que ese derecho a morir puedan ejercerlo cada vez más personas en el Perú, sin que nadie las cuestione, sin que la moral religiosa las condene al infierno, y sin que la ley penal mande a la cárcel a quienes las ayuden a hacerlo bien.

La eutanasia o el suicidio asistido e indoloro deben ser un derecho humano, no solo para los enfermos terminales, ni solo para los ancianos que no pueden más con los achaques, sino también para aquéllos que haciendo un balance de su vida decidan que quieren partir.

Hay muchos casos en el mundo como quiero imaginar el de De Szyszlo. Cada vez más ancianos toman la decisión de morir luego de una reflexión muy personal. Incluso hay legislaciones que empiezan a considerar esta forma de poner fin a la experiencia subjetiva en la tierra. En mi caso, celebro la muerte del pintor si fue hecha de ese modo, y tengo la esperanza de poder ejercer ese mismo derecho llegado el momento.

 

 

*Columna publicada en la edición impresa de Diario Uno

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