Escribe Alba Pascual Benlloch, realizadora audiovisual y feminista

Desde Valencia, España

Cuando me pidieron que escribiera algo relacionado con el juicio de la Manada me sentí abrumada. Así se hace llamar el grupo de cinco hombres que durante las fiestas de San Fermín en la localidad de Pamplona, España, violaron a una joven de 18 años en un portal penetrándola vaginal, anal y oralmente. Lo cierto es que desde que salió este caso a la luz y dio comienzo el juicio se demostró, una vez más, que el sistema judicial español es terriblemente patriarcal y machista. Pero no solo la justicia, también los medios de comunicación y el trato mediático que ha recibido este caso.

Como mujer, esta y cualquier otra situación de violencia sexual hacia nuestros cuerpos me afecta hasta lo más profundo. Yo también he sido agredida, algo a lo que nos enfrentamos todas las mujeres desde que somos niñas, y es que aunque a muchos les cueste reconocerlo, vivimos inmersas en una cultura en la que la violación es un problema social y cultural aceptado y normalizado por la concepción social de género, sexo y sexualidad.

A los 24 años me violaron, y me costó nada más y nada menos que seis años interiorizarlo y reconocerlo. Por supuesto, yo fui una de tantas mujeres que nunca denunció. No lo hice porque lo que sucedió tuvo lugar a miles de km de mi casa, estaba sola, tenía miedo y por supuesto, durante muchos años me convencí a mi misma de que no había pasado nada e incluso llegué a pensar que quizá yo tenía algo de culpa. Hace poco leí que muchas sobrevivientes se critican a si mismas por la forma en que reaccionaron para arreglárselas. Fue más fácil callarme, alejarme y hacer como que nunca pasó.

La joven de 18 años que fue violada en Pamplona, y no digo “presuntamente” como afirman todos los medios, porque yo sí creo en su palabra, tuvo la valentía de denunciarlo, tuvo la osadía de enfrentarse a sus propios miedos pero también a un sistema y a una sociedad que irremediablemente la iba a juzgar, la iba a culpar y le iba a restregar en la cara la desgracia de ser mujer en un mundo de hombres, dañando su dignidad aún más.

Una mujer cuando es violentada sexualmente lo lleva consigo para siempre. Lo interioriza, lo asume y sus efectos pueden invadirlo todo; nuestra identidad, nuestras relaciones, nuestra cordura, donde sea que miremos, vemos sus efectos, aunque no seamos conscientes. Pero seguimos, y hacemos lo que hacemos para sobrevivir, porque eso es lo que hacemos en este mundo machista, sobrevivir.

No queremos mostrar lástima, ni apego, ni ningún otro sentimiento más que el de la fuerza y la valentía. Por eso seguimos con nuestras vidas. Por eso una joven con 18 años pese al dolor sigue riendo, saliendo con sus amigas, viajando, subiendo fotos a Facebook y no queremos hablar de ello, muchas veces, porque en lugar de víctimas nos convierten en culpables, en responsables.

“La cultura de la violación se compone de todas las actitudes y creencias sociales que normalizan la violencia sexual contra las mujeres y ayudan a los medios de comunicación y a la cultura popular a excusarla”.

Que quede claro, el violador no es ningún enfermo, es el hijo sano y consciente de una sociedad machista y contradictoria que, por un lado, condena la violencia sexual, y por el otro, la fomenta todo el tiempo, y son los medios de comunicación y la publicidad los principales responsables de que normalicemos estas conductas e incluso que dejemos de cuestionarlas.

Por eso es que hay que cambiar el sistema en su totalidad. Y el sistema nos afecta a todas las mujeres, estemos donde estemos. Hace un año viví en Perú todo el movimiento “Ni una menos” y fue terriblemente doloroso descubrir cómo tantas amigas cercanas habían sufrido algún tipo de violencia sexual durante sus vidas. Incluso en mi propia familia se han dado casos. Y es algo de lo que prácticamente no puedes huir, a lo que casi estás condenada.

Que la justicia determine el uso de la fuerza, el grado de conciencia de la víctima, si hubo o no hubo penetración o la edad para calificar tu violación, que cuestione o juzgue tu grado de violación dependiendo de si ibas sola, si lo incitaste, si eres atractiva, si vestías con minifalda o provocando a los hombres, que tenga en cuenta el hecho de que no gritaste mientras te violaban o que no denunciaste inmediatamente, si cerraste bien las piernas, si lloraste o incluso que tengan en cuenta tu estatus social. Parece irreal pero lo cierto es que España es un país con muchísimas sentencias machistas y un país que acepta como prueba un documento elaborado por un detective que espió a la joven violentada en Pamplona tras la agresión, por supuesto contratado por uno de los acusados, para corroborar si ella se comportaba como una verdadera mujer violada, porque no basta con soportar el peso de la violación, tienes que aparentar haberla sufrido.

Cuando descubrí cuántas mujeres de mi alrededor habían sido violentadas sexualmente nunca sospeché nada, siempre las vi reír, vivir la vida en su plenitud, marchamos juntas en manifestaciones y gritamos por reivindicar nuestros derechos sin necesidad de lamentarnos ni llorarnos todo el tiempo. ¿El sistema judicial espera acaso vernos muertas para creer en nuestra palabra? En España por ejemplo, las agresiones sexuales no están incluidas en la Ley de Violencia de Género, y de esta forma no se juzga con tribunales especializados, y aunque según Naciones Unidas sean una manifestación del mismo machismo, esto, ha impedido que sus víctimas tengan los mismos recursos de denuncia y recuperación pero sobre todo, que tengan la misma visibilidad en educación y sensibilización. Por eso es necesario cambios en la legislación, pero también cambios en la educación, cambios en la totalidad del sistema, en cómo nos organizamos para seguir luchando contra el patriarcado, para seguir luchando
por la igualdad.

Gritos como “Yo si te creo” o “Tranquila hermana, aquí está tu manada” se han estado escuchando por las redes sociales, dentro y fuera de España. La necesidad de mostrar apoyo y respeto a la víctima y mostrar la absoluta indignación que sentimos mujeres y hombres de todo el mundo por el cuestionamiento a su palabra, a su verdad es necesaria. Porque por encima de todo, seguimos con nuestras vidas, pese a la rabia y el dolor, seguiremos gritando, sonriendo, viajando y vistiendo como nos salga del coño. Porque “nos queremos libres, oídas, fuertes, respetadas y juntas”.

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