Las familias homoparentales existen y resisten a una sociedad que se empeña en negarles derechos. Pero siguen firmes luchando desde el amor para que sus hogares sean reconocidos.

Por Graciela Tiburcio Loayza

Cada palabra con la que Karenina Álvarez describe a su familia desborda ternura y amor infinito por el hogar que ha logrado formar. Su familia es como cualquier otra, aunque para muchos no se considere así. Ella tiene 36 años, es comunicadora, su esposa se llama Morayma, tienen ocho años de relación y dos hijos: Zoe de 11 años y Diego de cuatro. Son una familia homoparental peruana. Sus hijos tienen dos mamás.

De lunes a viernes se levanta a las 6 de la mañana para preparar el desayuno de Diego quien adora las tostadas con mantequilla y mermelada. Junto a Morayma se las ingenian para conciliar las horas de trabajo remoto y la crianza de su pequeño hijo. Al final del día, Morayma lleva a dormir a Diego, mientras Karenina se apresura en culminar su trabajo para darle el beso de buenas noches.

Se van a dormir no sin antes tachar un día más del calendario, en julio viajarán a Estados Unidos para ver a Zoe que vive con la exesposa de Karenina. Podría considerarse irrelevante describir uno de sus típicos días, pero para una sociedad que ve a las personas LGBTI como una familia que no debe ser, enterarse que su vida transcurre como cualquier otra puede llegar a ser sorprendente. 

“Una vez me preguntaron qué comíamos, como si fuéramos extraterrestres. Hay miles de historias y cada una más agresiva que la otra. Siempre me preguntan quién soy yo, les digo soy la madre y me dicen que no porque madre solo hay una. Tengo que respirar profundo para explicar que mi hija tiene dos mamás. No es justo que nos pisoteen la dignidad y que nuestra familia tenga que pasar por estas situaciones. Una vez fui a recoger a mi hija a sus clases de natación y la persona de recepción de la academia se burló diciendo ‘ay, por favor, tú no me vas a venir a decir que hay dos mamás’”.

Karenina Álvarez

Karenina y Morayma en su boda junto a su hija Zoe

Explicar que comen, duermen, trabajan y se divierten como cualquier ser humano es lo de menos. Karenina y su hija Zoe han pasado por situaciones mucho más incómodas y agresivas. En Perú, los hijos de madres LGBTI solo tienen consignado en su DNI el nombre de la madre que tuvo el parto. Las madres no gestantes, como Karenina, quedan sin reconocimiento legal.

“Por la pandemia, mi trabajo cerró y mi hijo Diego que está afiliado a mi seguro se quedó sin él. Mi esposa no podía darle su seguro médico porque legalmente no la reconocen como madre solo porque fui yo quien tuvo el embarazo. En plena crisis sanitaria mi hijo se quedó sin protección médica. No es justo para nuestros hijos que se les vulnere el derecho a la identidad y con ello su derecho a la salud. No pueden ni tener una herencia justa. Mi hija Zoe no puede heredar de la misma forma que mi hijo David. Ella y Morayma solo pueden acceder a mi tercio de libre disposición de herencia”.

Karenina Álvarez

Para las hijas e hijos de familias homoparentales conseguir un colegio se convierte en un sufrimiento. Karenina recuerda cada excusa que las escuelas le daban para no aceptar a su hija: “no estamos preparados”, “aquí son muy conservadores” o recibir un “ya no hay cupos” para luego ver cómo a la familia siguiente le aceptaban la inscripción. 

Familias en Costa, Sierra y Selva

Lejos de abatirse por estas experiencias hostiles, el amor por su familia y su deseo de brindarles un entorno seguro impulsaron a Karenina a formar Familias Homoparentales Perú, en 2018. Una iniciativa que comenzó siendo solo un grupo de Facebook integrado por unas diez familias LGBTI. Ahora es una asociación con 170 familias registradas a nivel nacional.

Lima, Callao, Huacho, Lambayeque, Ayacucho, Cusco, Chimbote, Arequipa, Huancayo, Trujillo, Moquegua, Huánuco, Ica y Amazonas, son algunas de las regiones donde las familias LGBTI están presentes. Han forjado una red de soporte para saber cómo actuar cuando sucedan experiencias como las que vivieron Karenina y sus hijos. Para las familias LGBTI, estos episodios son inevitables.

Así se unieron al grupo Matías Choy y Catherin Huayane, una joven pareja de 26 y 28 años, respectivamente. Llevan cuatro años de relación y tienen muy bien planificado lo que quieren para su futuro. Están ahorrando para tener su propio departamento, seguir desarrollándose profesionalmente y en un par de años proyectan tener un hijo. 

La madurez con la que detallan sus planes es propia de las vivencias a las que se han enfrentado. Al igual que Karenina, Matias y Catherin resisten para existir en un país que no reconoce su amor como válido al ser Matías un hombre trans. Su unión es lo que les da la fortaleza necesaria para seguir demostrando que no hay un solo tipo de familia.

«Tenemos dos trabajos cada uno para ahorrar y lograr lo que queremos. En estos dos años queremos trabajar en nosotros, en fortalecer nuestra relación, prepararnos para todos los escenarios posibles por si nos discriminan, pero sabemos que si crecemos rodeados de amor y con una familia sólida, somos fuertes. Hemos aprendido a sacar lo mejor de cada situación, hasta de la más agresiva. Siempre la primera sensación es frustración, pero conseguimos que se convierta en un impulso».

Matías Choy

Catherin y Matías

Matias y Catherin saben que a su familia les esperará días difíciles y, justamente por eso, ponen mayor empeño en planificarla y en entablar redes para que su hogar crezca en un ambiente más seguro. El soporte de Familias Homoparentales Perú es un factor fundamental para ambos y el hecho de contar con el apoyo incondicional de los padres de Catherin, les impulsa aún más.

«Mi familia me dijo que lo que me haga feliz está bien. Aquí (en mi casa) me he sentido doblemente agradecida. En la Navidad pasada, mi papá mandó a hacer bolitas de Navidad con los nombres de los miembros de la casa y había puesto también el nombre de Matias. Fue muy emocionante. Sabemos que el camino va a ser complejo, me da miedo no poder inscribir a mis hijos en un colegio o peor, tener que irnos de Perú. El amor de mi familia es un punto muy favorable porque nos hace sentir seguros».

Catherin Huayane

Aunque el camino no sea fácil, Karenina, Matias y Catherin tienen la seguridad total de que es necesario ser visibles. Las familias LGBTI existen desde hace muchos años, pero siguen sin ser reconocidas por el país, a pesar que su amor es tan real como el de cualquier otra persona. Los hijos e hijas de estas familias crecen en hogares que han luchado mucho por tenerles.

Una de las familias que son parte de la asociación de Familias Homoparentales tiene un hijo de 23 años quien hasta ahora no puede tener el nombre de sus dos madres en el documento de identidad. Legalmente, la mitad de su historia familiar no existe para el país en el que vive, trabaja, aporta y ama.

El reconocimiento de las familias homoparentales es urgente, no solo para legitimar legalmente uniones que siempre han existido, tener acceso a derechos patrimoniales, salud y educación, sino para que estas familias se desarrollen en condiciones dignas, con respeto y sin violencia.

Tal como dice Karenina, la diversidad sexual ha existido toda la vida, no es una moda, no es algo que solo pasa aquí, sino que pasa en todos los países y culturas. “No pedimos que nos aplaudan ni nos feliciten, necesitamos que el Estado nos proteja y proteja a nuestros hijos”, sostiene con esa firmeza que la impulsa a seguir construyendo su hogar por sus hijos y por todas las familias LGBTI.