Por Juan Zapata Sanchez

Wilber Melgar, un joven de la comunidad asháninka Catungo Quimpiri, viaja con nosotros en la tolva de una camioneta por el VRAE (Valle del Río Apurímac y Ene) hacia la parte de su territorio que está invadido por colonos (migrantes andinos) quienes han talado y quemado hectáreas de monte virgen para sembrar hojas de coca, contaminando el río y destruyendo el hábitat de los animales.

Wilber carga consigo su arco y flechas, preparado por si los invasores lo obligan a usar sus armas. Casi sin hacer ningún gesto viaja en silencio durante la hora y media que nos lleva llegar desde Catungo Quimpiri a la zona invadida. Luego, nos guía a pie junto con otros 50 asháninkas, por la carretera que, según ellos, fue construida con dinero del narcotráfico y causó la destrucción del monte virgen para facilitar el traslado de las hojas de coca en la selva de Junín que colinda con Cusco y Ayacucho. 

Colonos cosechando las hojas de coca. A su lado, los árboles talados y quemados.
Foto: Juan Zapata Sanchez

A diferencia de los colonos, los asháninkas se dedican a la siembra de cacao, y la exportan hacia otros continentes con ayuda de la Central Asháninka del Río Ene (CARE); además de yuca, naranjas, mangos y otros, dependiendo de la temporada; y la crianza de aves de corral. Ellos conocen el uso tradicional de la hoja de coca, pero saben que la invasión a su territorio no está relacionada con esa finalidad, sino a su comercialización para el narcotráfico.

HISTORIA DE LUCHA

No es la primera vez que los asháninkas se enfrentan al peligro. Antes de enfrentar al narcotráfico y el tráfico de tierras, las comunidades se opusieron a los grupos terroristas Sendero Luminoso y el MRTA. El informe de la CVR (Comisión de la Verdad y Reconciliación) registra el caso de Alcides Calderón, hijo y sucesor del pinkátzari asháninka Alejandro Calderón, que fue atrapado y desaparecido el 8 de diciembre de 1989 por el MRTA. A partir de este hecho, su hijo comandó cerca de 2500 indígenas en lo que se llamó “El Ejército Asháninka” durante enero y mayo de 1990.

Para el MRTA, “Alejandro Calderón había colaborado con el Ejército en 1965, cuando este perseguía a los últimos combatientes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que operaban en Oxapampa. Veinticuatro años después, el MRTA, que se consideraba una continuación histórica del MIR, definió la colaboración de Calderón como una traición a la causa revolucionaria y decidió castigarla con la muerte”, se lee en el informe de la CVR.

El 5 de enero de 1990, un mes después de la muerte de Alejandro, Alcides Calderón y su ejército buscaron, atraparon y asesinaron a flechazos en venganza a los del emerretistas en Puerto Bermúdez, Oxapampa. Estas acciones contaron con el consentimiento del entonces alcalde Evaristo Zumarán, el juez Jorge Camacho, y el teniente gobernador Manuel Casas. 

Asháninkas resistiendo a los grupos terroristas.

Además, Sendero Luminoso exterminó a la décima parte de la población asháninka entre 1980-2000, arrasando con crueldad a comunidades enteras de la misma forma como lo hacía con las andinas dentro de todo el Perú. La violencia senderista contra los asháninkas aún mantiene heridas abiertas y viven alertas al peligro que los acecha.

CAMINO AL TERRITORIO INVADIDO

Junto con el jefe de Catungo Quimpiri, Wilfredo Vegas, y más de 50 personas de su comunidad, registramos la zona invadida por los colonos. Una hora después de viajar en camioneta, nos detenemos para subir al monte a pie. Desde allí ya se ve las cosechas de coca. Los árboles talados y quemados. La tensión se siente por parte de los asháninkas. Cruzamos las primeras casas y allí, en el suelo, están secando las hojas de coca para luego meterlas en sacos grandes y trasladarlas alrededor de esta zona.

Hojas de coca secando a los pies del monte.
Foto: Juan Zapata Sanchez

Uno de los invasores nos empieza a grabar, mientras un asháninka le grita: ¿por qué graba? y empiezan a gritarse ambos grupos, pero felizmente no pasa a mayores. Tras caminar 15 minutos monte arriba, encontramos una carretera que según los asháninkas es nueva y no fue hecha por ningún gobierno regional ni municipalidad. ¿Quién tiene la capacidad adquisitiva para  construirla? Los que compran las hojas de coca a los colonos para facilitar el traslado; es decir, el narcotráfico alquila maquinaria pesada para destruir árboles, construir accesos a las carreteras principales y mantener la rentabilidad de lo que hacen.

TERRITORIO INVADIDO

Tras caminar un rato por los árboles de la selva en Catungo Quimpiri, nos damos cuenta que estamos en el territorio invadido debido a las casas y la cancha de fútbol que los colonos han construido para distraerse cuando no están destruyendo el monte virgen.

Ángel Valerio, presidente de CARE, quien también nos guía, habla con los invasores que se han quedado cuidando su “comunidad”. Le pregunta al invasor, que se nos acerca para conversar, si posee algún título de la zona que garantice su pertenencia. Les increpa que no es la primera vez que vienen a este lugar y que las casas que hoy vemos no estaban construidas la última vez que vinieron.

Cerca a la neblina que cubre al monte se sigue viendo la zona de árboles talados y quemados. Foto: Juan Zapata Sanchez

El invasor, luego de tartamudear un rato, confiesa que no tiene ningún título y que “es nuevo”, también que los “dueños antiguos” del lugar donde está tampoco tenían título.

Ángel le pregunta por Victor Manuel Isla, más conocido como Modesto; un asháninka de Tiñovancani -comunidad que colinda con Catungo Quimpiri– quien que ha negociado con los invasores parte del terreno asháninka que la comunidad propietaria intenta proteger.

El invasor le dice que no está. Ángel le pregunta si Modesto le ha mostrado algún documento que certifique si el terreno de Catungo Quimpiri le pertenece a él. El invasor le responde nuevamente que no le ha mostrado ningún título, pero sí asegura que ese terreno ha sido heredado le ha sido heredado a “Modesto” por sus antepasados, y que tiene título desde el 2005. Insiste que hablemos con él mismo, a pesar que el traficante de terrenos no volverá por la tarde y tendríamos que esperar unas semanas.

“Estas personas son extraños no lo conocemos; nosotros conservamos nuestro bosque, nosotros sembramos cacao, café en cambio ellos llegaron y están sembrando pura coca que está contaminando nuestro río. Ya no existe pescado. Por eso es que exijo que se retiren ya que nos está perjudicando, que se trasladen a Tiñovancani. Que se los lleve el señor Modesto, quien los trajo”, dice Wilber Melgar, un joven asháninka armado con su arco y flechas.

Algunos asháninkas nos acompañan a hacer el registro audiovisual de la cantidad de hectáreas taladas y quemadas, mientras por nuestro lado los colonos siguen trabajando sin sentirse intimidados por los indígenas.

Una mujer de 30 años, parte de los colonos, se nos acerca para intimidarnos. «¿Qué es lo que hacen ustedes acá? ¿Quién les ha dado permiso?», pregunta rápido. Uno de quienes nos acompaña le responde. «Puede bajar. Allí están reunidos las autoridades con los colonos». Ella repregunta. «¿Modesto está con ellos?». «Préstame tus zapatillas para bajar», le dice a quien la acompaña y empieza descender.

Nos toma cerca de 4 horas entre subir el monte, tomar fotos y regresar al lugar donde se realizaba la reunión entre los asháninkas y los invasores sin ningún tipo de violencia, advirtiéndoles que la próxima vez no serán muy amistosos.

Mapa hecho por el arquéologo Dannal Aramburú

TOMARÁN MEDIDAS

El jefe de Catungo Quimpiri cuenta que ha sido amenazado de muerte. Le envían mensajes con terceras personas para que no hable si es que quiere evitarse problemas dentro de su comunidad. Wilfredo Vegas solicita apoyo al Estado y al Gobierno Regional de Junín para que los colonos sean retirados del terreno asháninka que vienen depredando.

Asháninkas.
Foto: Juan Zapata Sanchez

Sin embargo, Wilfredo, junto con los que conforman parte de la seguridad de la comunidad asháninka de Catungo Quimpiri, desalojarán a las 50 personas, -cifra que podría incrementarse-, quienes han invadido sus territorios, contaminado sus ríos y, talado sus árboles para hacer dinero a costa de la venta de hoja de coca que compra el narcotráfico. Solo es cuestión de tiempo. En esa extensa tierra invadida, solo hay una cosa clara, los asháninkas no se van a quedar de brazos cruzados si son nuevamente ignorados por las autoridades.

DATO

-Desde el 2000 hasta el 2018, los colonos han destruido 1773.74 hectáreas de bosque, según la Central Asháninka del Río Ene (CARE).

Fotos: Juan Zapata Sanchez