Mientras los peruanos esperamos que nuestro equipo reclame la Copa América después de 44 años, en el otro lado del mundo dos países también jugarán para ganar otro prestigioso campeonato de fútbol: la Copa Mundial Femenina.

Este ha sido el torneo mundial femenino más popular del mundo, creciendo cada vez más desde su primera transmisión hace 20 años. Como suele pasar en el mundial masculino, las entradas a este campeonato se agotaron en solo 48 horas.

En contraste con el equipo masculino estadounidense que ni siquiera clasificó al mundial de Rusia el año pasado, el equipo de mujeres de EE.UU. podría reclamar este domingo su cuarta copa mundial, refutando cualquier argumento de inferioridad en talento o fuerza a raíz de su género.

No solo es una excelente selección, sus integrantes son muy famosas con la audiencia dentro y fuera de EE.UU., y han generado ganancias significativas para las grandes compañías deportivas. Esta semana el director ejecutivo de artículos deportivos Nike ha revelado que las camisetas del equipo femenino se venden mucho más que las camisetas del equipo masculino. No obstante, las jugadoras ganan 40% menos que los jugadores -$5000 por partido- en contraste con la remuneración de $13,000 para cada jugador del equipo masculino.

Dada esta disparidad las integrantes decidieron presentar una demanda contra la Federación Nacional de Fútbol de los Estados Unidos (USSF por sus siglas en inglés) ante un tribunal estadounidense. En su demanda presentada en el Día Internacional de la Mujer de este año, las 28 integrantes del equipo femenino estadounidense argumentan que son sujetas a la “discriminación institucional de género,” la cual incluye compensación desigual a la remuneración que reciben los jugadores del equipo masculino. Con un equipo con innegable talento y generador de ganancias para auspiciadores, no puede haber ninguna razón no discriminatoria que pueda explicar esta disparidad en los salarios y otras cosas como tratamientos médicos, apoyo y transporte.  No solo se les arrebata de compensación justa, se les impide a las jugadoras tener oportunidades para el desarrollo profesional al igual que para las niñas y mujeres que también pretenden jugar fútbol profesional.

Si bien este no es un tema nuevo, la creciente popularidad de jugadoras y equipos nacionales femeninos promete traer cambios significativos. La USSF ya se ha comprometido a participar en un proceso de negociación con las jugadoras para atender a sus demandas. Además, la marca de artículos deportivos Adidas ha prometido otorgar el mismo bono a sus jugadoras patrocinadas en el equipo de fútbol que gane la Copa de Fútbol que a sus similares masculinos. Esto es un buen comienzo, pero falta mucho para tratarlas completamente de manera igual.

A parte de ser merecedor de una remuneración justa el equipo utiliza su posición pública para denunciar las atrocidades del gobierno de Donald Trump. Una de las capitanas, Megan Rapinoe, se rehúsa ir a visitar la Casa Blanca como suele pasar con equipo ganadores de torneos. También rechaza cantar el himno estadounidense en solidaridad con quienes protestan la discriminación racial en su país. En la época de #MeToo y la defensa por el derecho de las mujeres, Rapinoe y su equipo juegan un papel central en el activismo deportivo como lo comenta el Washington Post. La popularidad de Rapinoe –por sus esfuerzos fuera y dentro de la cancha– es perfectamente descrita en el titular de la revista deportiva Deadspin, “Diosa lesbiana de pelo morado aplana a Francia como una crêpe.”

¿Y qué significa esto para el Perú? Tenemos jugadoras peruanas como Fabiola Herrera que están en la mira internacional. ¿Podrá ella ser compensada de la misma manera que jugadores como Paolo Guerrero, Jefferson Farfán o Claudio Pizarro? ¿Cómo podemos llegar a reconocer al talento nacional femenino si no invertimos en su crecimiento y si no las visibilizamos en los medios de comunicación? ¿Están entre estas jugadoras de la escuela “Las Moraditas” de San Juan de Lurigancho la Megan Rapinoe peruana?