Varias personas denuncian haber sido agredidas física y verbalmente por la Policía Nacional del Perú tras la detención sufrida en el campus de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el último 21 de enero. Estos son los testimonios que revelan graves abusos. 

Por Ghiomara Rafaele

“A mí y a mi compañera nos agarraron del cabello. La policía me empezó a arrastrar por todo el suelo, en el suelo me empezaron a patear y uno de ellos aplastó mi cabeza con su pie mientras me decían terruca”, narra Flor Susaya, una joven ayacuchana intervenida -sin orden judicial ni presencia del Ministerio Público- con otras 193 personas por la Policía Nacional del Perú en las instalaciones de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Flor tiene 18 años y día a día vive las injusticias, la pobreza y la desigualdad en Ayacucho. Pero el asesinato de sus diez paisanos ayacuchanos durante las protestas la hicieron venir a Lima. El viaje de 10 horas solo tenía una finalidad: pedir la renuncia del régimen de Dina Boluarte. Eran las 9:30 de la mañana del sábado 21 de enero cuando un gran contingente policial rompió con una tanqueta la reja de la puerta 3 de la casa de estudios. Ella se encontraba cerca a la puerta 1 cuando escuchó a sus compañeros gritar que la policía ya estaba dentro. 

El miedo la invadió y cogió lo único que tenía a la mano: su mochila. Intentó salir por la puerta 1 del campus con sus cuatro compañeros. Al llegar a la puerta, un grupo de policías los intervino. Los empezaron a jalar, insultar y recriminar: ¿para qué vienen? “¡Terrucos, rojos!”. Estas palabras calaron hondo en uno de ellos y les reclamó porque se sintió insultado.

“Nos insultaron y mi compañero se sintió difamado. Él les reclamó y le empezaron a pegar, a agarrarlo a patadas”, recuerda Flor.

Mientras los insultos no cesaban, uno de los efectivos la agarró de la cabeza a Flor y la empezó a arrastrar por el suelo, además le ocasionó múltiples heridas en la cara y el cuerpo. 

Heridas ocasionadas por un miembro de la Policía a Flor. Fuente: archivo personal

“La policía me arrastró por el suelo, me empezaron a patear y uno aplastó mi cabeza con su pie mientras me decían ¡terruca!”.

Otro policía empezó a hurgar en sus cosas, le quitó su mochila y vació el contenido. Entre sus ropas y sus objetos personales encontró una bandera y le dijo: “Terruca, vienes a buscar problemas”. Flor no fue la única que recibió insultos ese día.

“Ahora, pues, rojetes, ahora empiecen a tirar piedras”, era lo que escuchaba Gabriel Dávila, un exmilitar, mientras uno de los efectivos policiales le golpeaba la cabeza. Él estaba tendido boca abajo con las manos atadas a la espalda y con la cara en el suelo. Gabriel estaba debajo de unas escaleras en la facultad de Sociales cuando empezó a oír bombas.

“Los varones nos adelantamos para que las mujeres ganen tiempo y escapen. Empezamos a buscar salidas, pero nos rodearon. Nos escondimos atrás de unas gradas y nos tiramos al primer piso. Vi como a varios de mis compañeros los golpearon”, narra Gabriel.

LA POLICÍA PUSO LA CANCIÓN DE FUJIMORI “EL BAILE DEL CHINO”

Gabriel había viajado desde Arequipa a Lima con una delegación de 70 personas que indignadas por los asesinatos del gobierno de Dina Boluarte, habían venido a la capital para mostrar su rechazo. El punto de acogida era la UNMSM, dos días después de su llegada sería detenido por los supuestos delitos de “usurpación agravada, daños y robo agravado”. Pero en esa detención no estaría presente la Fiscalía de la Nación ni la Defensoría del Pueblo. 

“A todos nos arrodillaron y nos tiraron al suelo. Yo quería ver qué estaba pasando y levanté mi cara. Ahí me empezaron a tirar lapos en la cabeza. Me gritaron que no esté mirando”, recuerda.

Gabriel decidió dejar de mirar. Minutos después lo trasladaron a la sede de la Central Operativa de Investigación Policial – DIRINCRI. Durante el trayecto los insultos no cesaron, ahí les dijeron “terroristas” y les obligaron a escuchar una canción que no se les quitó de la mente. La Policía decidió que ese viaje estaría acompañado por la música de campaña del año 2000 del dictador Alberto Fujimori: “El baile del chino”.

Uno de los videos compartido en redes sociales que evidencia la forma en el que se trató a los ciudadanos intervenidos en San Marcos. Fuente: difusión.

Jennifer Alerta también oyó esa canción y cree que fue para buscar una reacción negativa. “Nos empezaron a hacer sentir mal o buscar una reacción negativa hacia ellos. Recuerdo muy bien que a una compañera de Puno le dijeron, cuando le incautaron su dinero, “¿ah, te han pagado? ¿Cuánto te han pagado? Ah, se lo merecen por estar quemando el edificio de la plaza San Martín”.

Jennifer había viajado en la comitiva de Arequipa y había sido detenida con Gabriel. Ambos compartieron el mismo espacio en la DIRINCRI junto con otras cuatro personas hasta que a Gabriel quien intentó defenderla, lo trasladaron a uno de los calabozos.

“Empecé a llorar por el miedo y me sentía indignada, nos empezaron a separar por rasgos físicos. Él (Gabriel) quiso defendernos, le dijo a la policía que no nos falte el respeto y ellos dijeron: hay que darle cachetadas para que no vuelva a tirar piedras, mejor le metemos al calabozo”, recuerda Jennifer.

A Gabriel lo metieron a uno de los tres calabozos. Se sentía el olor a orines, con las paredes humedecidas y cartones imposibles de cubrir la dureza del suelo. Imágenes que circularon en las redes mostraron la rudeza de estos espacios de 3×5, en donde se aprecia a una gran cantidad de ciudadanos hacinados en espacios insalubres.

Después de casi 12 horas lograron probar un bocado de comida, al igual que Ramón Arce, ciudadano de Pacaycasa, Ayacucho, quien llegó a Lima por la indignación que le causó el asesinato de los peruanos durante las protestas.

“Nunca estaban presentes cuando más los necesitábamos [la policía], pero cuando estábamos en San Marcos, tomando nuestro desayuno, ahí aparecieron y me golpearon”, declara Ramón.

Instalaciones de San Marcos tras la intervención policial. Fuente: Andina.

Según diversos testigos, desde un helicóptero, que sobrevolaba las instalaciones de San Marcos, empezaron a lanzar bombas lacrimógenas. La gente empezó a correr despavorida. Ramón observó otra cosa: la Policía lanzó tres disparos al aire y con palabras soeces se dirigían a la gente. Entre esos insultos los empezaron a reducir y tumbarse boca abajo. Ramón escuchó que les dijeron: “Ahora que los salve Abimael (Guzmán), ahora que los salve Gonzalo (Presidente Gonzalo era como se le conocía también a Abimael)”. Ramón se sintió insultado y levantó la cabeza. Vio como a la policía empezó a golpear a una mujer de avanzada edad con un planchazo. 

“No me gustó cómo la han tenido, era una señora mayor. Esa señora podría ser su mamá y no les gustaría que la traten de esa manera. Cuando reaccioné me sacaron el ancho con un palo en la pierna y en el brazo izquierdo”, cuenta.

Para el abogado Carlos Rivera del Instituto de Defensa Legal (IDL), en una entrevista brindada a un medio nacional, lo de San Marcos ha sido una detención ilegal y arbitraria. 

Con los días van saliendo a la luz más testimonios y videos compartidos en redes en los que se aprecian golpes a mujeres mayores, uso indiscriminado de gases lacrimógenos, ingreso a la residencia universitaria por parte de la PNP, destrucción de la infraestructura de la puerta 3 -a pesar de que esta estaba abierta-, presencia de exmilitares que intentaron usar piedras para dañar propiedad privada y la negativa de la Policía al ingreso de abogados para una diligencia legal.

A pesar de todos los atropellos cometidos en la Decana de América, Flor, Gabriel, Jennifer y Ramón no piensan renunciar a las protestas, tampoco tienen miedo. Los sucesos de violencia atravesados en el campus sanmarquino les motiva a seguir con más fuerza.

“Yo no me voy a rendir en la marcha. Hoy voy a salir. He salido fortalecido de esa carceleta. No he hecho daño a nadie, no he cometido ningún delito. Ellos han abusado de mi integridad, de mi persona, me han golpeado”, es lo último que dice Ramón antes de despedirse.

Uno de los 193 liberados tras 48 horas de estar encerrados. Fuente: La República.