Geopolítica continental y test democrático: La elección en Brasil afectará a toda región
Por Edith Venero[1]
La inminente cita electoral del próximo 4 de octubre en Brasil representa mucho más que una pugna interna por el Palacio de Planalto, constituye el epicentro de otro terremoto político cuyos efectos determinarán el equilibrio geopolítico y hasta la estabilidad democrática de toda la región. Con las encuestas que mantienen un virtual empate técnico entre el actual presidente de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva del Partido de los Trabajadores (PT), y el senador derechista Flávio Bolsonaro del Partido Liberal (PL), América del Sur observa con amplia expectativa cuál será el destino del gigante territorial, poblacional y económico de la región.
¿La resistencia progresista podrá parar la “marea azul”?
América del Sur se encuentra en una encrucijada ideológica y los comicios brasileños marcarán la pauta estructural de los próximos años. Durante los últimos meses, la región ha experimentado una fuerte mutación hacia la derecha, empujada por el nuevo ascenso de Donald Trump en Estados Unidos, catalizando lo que diversos analistas denominan una “marea azul”, como metáfora para describir un importante giro hacia la derecha o el conservadurismo.
Claramente candidatos y gobiernos de derecha y ultraderecha de la región se han alineado con la retórica conservadora y con los planes hemisféricos de Washington -de regreso a la doctrina Monroe o ahora Donroe-, y que coyunturalmente estarían unificando posiciones bajo la iniciativa «Escudo de las Américas», que iría mucho más allá de la cooperación para enfrentar el crimen organizado, como fue inicialmente descrito.
Para el progresismo sudamericano, un nuevo mandato de Lula representa el último bastión de resistencia frente al avance de la derecha. Lula aboga por el multilateralismo defensivo, la preservación de la soberanía energética y la reactivación de mecanismos de integración con autonomía regional.
Mientras que una victoria del Partido Liberal (PL) consolidaría el bloque conservador regional. Flávio Bolsonaro ya ha adelantado su intención de adherir formalmente a las directrices de seguridad de la administración Trump, abriendo las puertas a inversiones estadounidenses en cadenas de suministro clave y hasta el control de minerales críticos, como las tierras raras. Así se aislaría a los últimos reductos de la izquierda continental al tiempo que se debilitaría el multilateralismo, disminuiría distintos tipos de acuerdos de cooperación -especialmente ambientales-, menguaría bloques de integración tradicionales como el Mercosur en favor de acuerdos bilaterales, y hasta quizás impactaría bloques transcontinentales como los BRICS.
Así, la interferencia externa ha sido un punto crítico en esta campaña. Desde el oficialismo, Lula denunció ante la Asamblea General de la ONU presiones desestabilizadoras promovidas desde el extranjero. No solo declaraciones o actos políticos sino cuestiones tan palpables como el conocido tarifaço, la imposición de tasas arancelarias que sufrió Brasil como muchos otros países -incluso los que tenían TLCs vigentes con EEUU, como el Perú-, y más, se denuncia que durante toda la campaña y hasta la fecha intervención mediática y digital, que se ha convertido el nuevo fenómeno a ser temido. Problermática caracterizada por la hiperconectividad de nuestros días, la microsegmentación de datos, la desinformación masiva, el escrutino por el uso de la inteligencia artificial y, el rol de las grandes empresas tecnológicas y sus impacto en el debáte público y la democracia en sí misma.
En la otra acera, Flávio Bolsonaro y los partidos antiPT buscan centralmente la apróximación con los EEUU, Isarael y Argentina, se apoyan en su relación con Marco Rubio y hasta se inspiran en sus ideas para la Cancillería brasileña, prononen reevaluar o replantear la participación de Brasil en distintos bloques y organismos multilaterales. Además, Bolsonaro argumenta que es necesario devolver al país un clima pro-mercado que atraiga capitales occidentales de manera acelerada.
El test de la estabilidad democrática
La campaña ha dejado en evidencia una sociedad civil dividida, fallas institucionales, poderes fácticos más vigentes que nunca, interferencia externa que ponen a prueba la resiliencia democrática no sólo brasileña porque estas cuestiones son lamentablemente transversales en un continente históricamente propenso a los vaivenes autoritarios, lo que ocurra en los colegios electorales brasileños servirá de termómetro.
Y en el plano doméstico, cualquiera que resulte ganador deberá gobernar en un contexto también de fragmentación legislativa. Los sondeos para las elecciones del Congreso anticipan que la oposición al PT mantendrá mayoría en ambas cámaras. Lo mismo ocurriría con Bolsonaro del PL, partido que tampoco alcanzaría mayoría congresal. Así, el futuro presidente no tendrá una situación cómoda; se verá forzado a negociar con el poderoso bloque del Centrão y a convivir con gobernadores estatales de distintas tendencias.
Para América Latina, este pulseo de fuerzas en Brasil refleja que la estabilidad democrática,una vez más, no se juega únicamente en las urnas electorales, sino en la solidez de los contrapesos parlamentarios y judiciales, y transversalmente en todas sus instituciones. Si Brasil logra canalizar esta reñida elección en paz y dentro de los pactos constitucionales, inyectará certidumbre a una región sumida en la inestabilidad. De lo contrario, se profundizará la incertidumbre y la desconfianza democrática en todo el hemisferio.
[1]Doctora en Relaciones Internacionales| Política Internacional por la PUCP Rio de Janeiro (Brasil)
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