Por Pedro M. Llanos

Las gollerías y prácticas del actual Congreso de la República han generado un rechazo ciudadano atípicamente elevado, que ha redundado en tres masivas y violentas protestas en las que se exigía su cierre. El desagrado que genera la adquisición de computadoras, televisores y frigobares con sobrecosto; el descarado intento de legalizar el lavado de activos a través de cooperativas sin fiscalización; o simplemente la forma mafiosa con la que la mayoría fuji-aprista bloquea todo intento de reforma desde el Ejecutivo, revela que la representatividad de nuestros “legisladores electos” es nula.

Las mayorías del país sienten (con algo de razón) que los congresistas son una capa de parásitos que se enriquecen a costa de nuestros impuestos y que en vez de legislar en favor del país se dedican a gestionar o facilitar algunos intereses particulares – los de sus amigotes o los suyos propios. La pregunta que surge entonces es: ¿con qué reemplazar al actual Congreso? ¿Existe alguna forma de mejorar radicalmente la representación parlamentaria? ¿Qué forma debiera tomar un parlamento representativo y que legisle en favor de las mayorías?

En primer lugar, me parece que una primera y urgente reforma sería rediseñar el sistema de elección parlamentaria. Actualmente, las circunscripciones electorales (territorios por los que se eligen congresistas) son plurinominales (varios congresistas por circunscripción) y corresponden a las 25 regiones más Lima Metropolitana. Este sistema presenta al menos tres problemas:

  1. El tamaño de la circunscripción hace que los partidos busquen a candidatos con recursos económicos suficientes como para hacer campaña en toda una región, limitando la participación de reconocidos dirigentes locales que provienen de las organizaciones sociales y barriales. Tenemos pues un “congreso de notables” y no una asamblea nacional que represente a la mayoría de la población.
  2. La plurinominalidad fomenta la fragmentación de la representación. Por ello, a diferencia de otros sistemas políticos, tenemos tantos partidos políticos con bancadas enanas en el parlamento. Asimismo, si hay un reclamo o demanda urgente de tal o cual región, no se tiene claro cuáles son los congresistas a los cuales exigir acciones.
  3. Si a todo lo anterior le sumamos que muchas regiones tienen geografías y dinámicas socioeconómicas heterogéneas (compárese Huaraz y Chimbote en Ancash, por ejemplo), tenemos entonces un sistema diseñado para que los congresistas sean en su mayoría empresarios o personas con padrinos poderosos de las zonas más ricas de las regiones.

Caricatura de la revista norteamericana Puck (1889). El cartel de arriba reza: “¡Este es un SENADO de los monopolistas, por los monopolistas y para los monopolistas!”

En respuesta a esta situación, creo que es posible avanzar a un sistema con circunscripciones más pequeñas, definidas con criterios poblacionales y de unidad económico-territorial, y que puedan elegir hasta un máximo de 2 congresistas (binominalidad). Un sistema de este tipo permitiría acercar a electores y parlamentarios, facilitando mecanismos de rendición de cuentas con un mínimo ajuste en el número de curules en el Congreso. En resumidas cuentas, sería volver a los congresistas en verdaderos representantes y tribunos del pueblo.

En segundo lugar, creo que es clave diseñar algún mecanismo de consulta popular que permita revocar el mandato de congresistas que hagan mal su trabajo. Este sistema podría implicar que las regiones generen calendarios electorales diferenciados, pero creo que en general la democracia se enriquece si es que los parlamentarios sienten que no tienen un “puesto asegurado” por cinco años y si, en cambio, son conscientes que los electores que los pusieron allí son los mismos que pueden sacarlos.

Finalmente, creo que este par de reformas podría aplicarse de forma progresiva en el marco de la actual Constitución, o de manera directa en el marco de una Asamblea Constituyente que elabore una nueva. Será labor del pueblo, cuyo poder constituyente empieza a despertar, determinar cuál de las dos vías es la más idónea para salvar a la República de la corrupción y la frivolidad que ahora imperan.

La consigna es clara: debemos transformar el actual Congreso de Notables en una verdadera Asamblea Popular, donde las mayorías trabajadoras, indígenas y campesinas de este país se vean verdaderamente representadas. Tenemos que abrir el Palacio Legislativo al pueblo, y cerrarlo para los intereses oscuros y mezquinos que manejan el Perú como su chacra.

 

 

 

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