En el mundo de la moda y el turismo, para poner un par de ejemplos, se viene acrecentando una fascinación por la miseria. Encontramos esta atracción en las carísimas zapatillas harapientas de colección “diseñadas” para la marca Balenciaga o en los tours en favelas en Colombia, Brasil o Perú, donde se ofrecen experiencias en barriadas, para conocer in situ cómo viven las personas empobrecidas. Así, se percibe una necesidad de muchos consumidores por adquirir nuevas vivencias que simbolizan un encuentro con lo “auténtico”, en una simulación de cercanía con aquellos seres marginados, desposeídos, desclasados que no ven así nomás en su vida diaria. Esta transacción con la experiencia de lo mísero también sucede desde que el cine es cine, tanto desde documentales como en ficciones.

Hay cientos de películas sobre la miseria, sobre personajes empobrecidos, desde obras de Chaplin hasta películas de Bong Joon-ho. Y en este sentido no se estaría cuestionando la elección de un tema, sino su tratamiento. Hace algunos años, para mencionar otro ejemplo, se estrenó en el Festival de Cannes un film pornomísero de la cineasta libanesa Nadine Labaki: Cafarnaúm. El film recibió quince minutos de ovación y relata con ínfulas esteticistas el infierno de un niño abusado de 12 años, que parecía de 8 (por lo desnutrido que estaba), que está preso por una condena por tráfico de drogas, debido a que robaba fármacos para su madre golpeadora, quien los vendía a drogadictos del barrio. Obvio que el film recibió la aclamación del jurado.

Existe un determinado cine peruano donde se hace tangible esta misma atracción por la miseria. No solo donde se la embellece, se la vuelve chic, hermosa, a los ojos del espectador desde los diversos dispositivos cinematográficos (códigos del drama de afán expresionista desde una fotografía o dirección de arte preciosista), sino también desde una conflictiva relación entre pobreza y locura. Sucede en El corazón de la luna, de Aldo Salvini, que extiende el universo visual de este autor, que se ha caracterizado por generar relatos sobre la marginalidad desde su estetización, en un cóctel de condena de locura más miseria, de locura más andrajos y suciedad, de quijotes y Sanchos en las riberas de basura del río Rímac o en los barracones.

El film desarrolla una línea narrativa sin diálogos, basada en los desvaríos de una adulta mayor empobrecida en alguna zona de Lima. La anciana septuagenaria que diseña Salvini es extremadamente pobre, que viste harapos, que camina casi doblada, que se orina en algún rincón de los bloques del tren eléctrico, y que, además, carga a diario cincuenta kilos de papas sobre la endeble espalda. Su pobreza luce tan pero tan extrema que tiene que robar una cucharada de azúcar o vivir sin luz en un antro donde madres ebrias con bebés toman cervezas en pasillos oscuros. Pero, toda esta pobreza está justificada porque se trata de una mujer traumatizada por la pérdida de un ser querido, que la transformaron en una indigente, y que la hace añorar objetos y situaciones que la trasladan a un mundo interior gobernado por un robot. Tanto la mujer como el robot no tienen nombre. Y ambos establecen una relación de amistad que se traduce en algunas andadas y en algún intercambio de presentes. Y también a partir de algunos incidentes caseros marcados por una hormiga, que se vuelve su mascota.

Sin embargo, más allá de las intenciones, a El corazón de la luna, le falta densidad dramática, y todo lo que propone como eje se pudo condensar en un cortometraje. Las situaciones de la anciana, que encarna la actriz Haydee Cáceres, para su subsistencia y para su cura parecen que se dilatan y se repiten en ciclos sin mayor condimento tensional, ya que solo grafican la extensión de un devenir aciago. Estos aspectos trágicos en la vida del personaje, en su locura, soledad y dejadez se muestran desde el inicio marcados por dilemas anecdóticos que aportan apenas a lograr esta densidad: por si una hormiga se escapó de nuevo de un vaso o si el robot se metió o no a un chifa. Las ideas y venidas de la casa al mercado, del mercado al paradero se vuelven rutinas de esta anécdota. Y resultan también sin densidad las ambientaciones o climas, en la medida que se reduce todo a un drama debido al luto, pero asignándole al personaje de la anciana un universo infantilizado que no le pertenece. En su locura hereda el mundo del personaje ausente, sin más ni más, con robots extraídos del imaginario tokusatsu (animes de monstruos gigantes y efectos especiales). No hay indicios de que la anciana fuera “otaku”, y allí sí sería más lógico esta atracción por los elementos de las series de Ultra Siete. La forma que Salvini le da al origen de esta locura no es consistente.

Por otro lado, en El corazón de la luna, la pobreza es un elemento para la romantización de un trayecto de duelo. En este tipo de películas los espectadores se perciben compasivos ante la tragedia de una pérdida sí y solo sí está es asociada a un tipo de coste moral: ver sufrir a un personaje demasiado empobrecido pone fin a una carencia. Creemos que hemos asistido a un acto de compasión, cuando lo que hemos visto no es más que un relato donde se evidencia una pobrezafilia: el regodeo estético a partir de personajes pobres e infelices expuestos desde una fotografía de lujo. Es más fácil empatar con los infelices, es más fácil adentrarse en un universo infernal de enanos endemoniados, de orates talla XL, de ‘pasteleros’ performers. Un miserabilismo de lo bello a través de una anciana que se encuentra 50 soles, pero que no los usa solamente para comer sino para comprarle un muñeco a un robot de mentira. A veces, lo difícil es lograr que un personaje acceda al cielo y es más asequible asignarle una muerte sórdida en algún paradero de Lima, la horrible (o depende del acabado fotográfico: Lima, la bella).