El escudo de arcoíris de la ultraderecha: cuando la identidad se vuelve un privilegio de clase

Por Naira Carcelén

Con el triunfo histórico de la extrema derecha alemana se abre una nueva fase de la extrema derecha global. El partido Alternativa para Alemania (AfD), obtuvo cerca del 44% de los votos en Sajonia-Anhalt, más que duplicando su resultado de 2021 y quedando a apenas tres escaños de la mayoría absoluta para gobernar por primera vez un estado alemán desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El resultado representó el desplome de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido del canciller Friedrich Merz, que cayó al 18,5%.

Pero la paradoja más grande del auge de AfD no está en sus votantes, sino en su cúpula.

A través de la figura de su lideresa, Alice Weidel, este artículo analiza cómo la extrema derecha puede incorporar determinadas identidades sexuales a su proyecto político, convirtiendo la diversidad en un “escudo de arcoíris” (pinkwashing) y, al mismo tiempo, profundizando las divisiones de clase dentro de la propia comunidad LGBTIQA+. Un recorrido por la forma en que los derechos colectivos pueden transformarse en privilegios individuales para quienes cuentan con mayor capital económico y social.

La paradoja en la cima: Alice Weidel

La copresidenta de AfD es Alice Weidel: una exanalista de Goldman Sachs, lesbiana, en unión civil con una cineasta nacida en Sri Lanka y madre de dos hijos adoptados. Vive entre Suiza y Alemania. Sin embargo, encabeza un partido que en su programa nacional defiende como modelo exclusivo la «familia tradicional» (padre, madre e hijos), vota contra el matrimonio igualitario y agita discursos abiertamente nativistas. Según reportó el diario ABC, mientras AfD coloca la heteronormatividad en el pedestal estatal, su líder disfruta en lo privado de los derechos que su propio partido busca restringir.

Weidel ha construido su perfil sobre agresivas declaraciones contra la población migrante, a quien llegó a describir públicamente como una mezcla de «burcas, chicas con velo, hombres con cuchillos que viven de subsidios estatales y otros inútiles», una frase por la que fue sancionada en el Parlamento pero que consolidó su respeto dentro de la derecha radical.

Ante la aparente incongruencia entre su vida privada y la abierta oposición de su partido a la «ideología de género y woke», Weidel declaró enfática en 2023: «Estoy casada con una mujer a la que conozco desde hace 20 años». La respuesta interna de su propio partido revela la cínica arquitectura con la que la extrema derecha procesa su presencia. Como recogió la prensa internacional y el Financial Times, un alto cargo de AfD lo resumió sin rodeos: «Sólo es gay por biología, pero no por convicción política».

¿Cómo se sostiene esta contradicción? No es una incoherencia aislada, sino la expresión de una nueva fase de la extrema derecha global.

De derechos colectivos a servicios de consumo

Para entender la estrategia de figuras como Weidel es necesario analizar cómo el modelo neoliberal ha transformado la noción de «derecho». En contextos como el latinoamericano —el caso peruano es un ejemplo claro—, la sociedad ha experimentado un proceso donde garantías fundamentales como la salud o la educación dejaron de ser percibidas como conquistas universales para convertirse en servicios privatizados. Bajo esta lógica, la calidad de vida y el acceso a condiciones dignas dependen directamente del poder adquisitivo y de la clase socioeconómica.

La extrema derecha ha trasladado esta misma dinámica al terreno de las diversidades sexuales. En lugar de garantizar la protección como una conquista colectiva e inalienable, instala una lógica de excepción: la tolerancia social se convierte en un beneficio individual reservado para quienes poseen el capital económico suficiente para costearlo. De este modo, la vivencia de la propia identidad deja de ser un derecho universal y pasa a operar como un privilegio privado.

La cooptación del arcoíris: Homonacionalismo

En 2007, la académica Jasbir K. Puar introdujo el concepto de homonacionalismo en su libro Terrorist Assemblages: Homonationalism in Queer Times. Como analiza la revista Pikara, Puar usaba el término para explicar cómo algunos Estados e ideologías integran de manera parcial a ciertos sectores LGBTIQA+ dentro de un proyecto nacionalista para presentarse como muestra de «modernidad y democracia» frente a «otros» pueblos o grupos supuestamente «atrasados» o incompatibles con la diversidad.

Este mecanismo convierte las identidades en herramientas para legitimar políticas racistas y de exclusión bajo un mensaje condicionado: «Eres bienvenido en la nación, siempre y cuando adoptes a sus enemigos como los tuyos». El homonacionalismo transforma las luchas de liberación en propaganda, obligando a elegir entre la propia dignidad o la solidaridad con otros sectores oprimidos.

Weidel encarna esta doctrina al pie de la letra: utiliza su condición de lesbiana como escudo para argumentar que AfD no es homófobo, mientras señala a la inmigración masiva e islámica como la «única amenaza real» para los homosexuales en Alemania.

El marco de Andrea Dworkin: El pacto con el opresor

Al cruzar el homonacionalismo con el pensamiento de la escritora feminista Andrea Dworkin en Right-Wing Women (1983), la figura de Weidel cobra total claridad. Dworkin explicaba que muchas personas pertenecientes a sectores subyugados abrazan discursos conservadores no por ignorancia, sino como una estrategia pragmática de supervivencia: someterse al poder dominante para negociar protección y privilegios individuales.

En la figura de Weidel operan dos claves de este análisis:

  • La «excepción» comprada: Dworkin planteaba que la derecha ofrece una ilusión de exención individual, en ese sentido, la posición de Weidel puede leerse como una forma de exención individual: el partido la incorpora no a pesar de ser lesbiana, sino porque su condición de clase y su discurso antiinmigración la hacen funcional a su proyecto político. 
  • La traición a la solidaridad colectiva: Dworkin muestra cómo la ultraderecha rompe la empatía de clase ofreciendo «salvoconductos individuales». Weidel disfruta en su vida privada de derechos familiares que su partido busca restringir, mientras su posición económica y social le permite desenvolverse dentro de una estructura política que cuestiona esos derechos para otros.

Weidel ha firmado su propio pacto: renuncia al sentido de comunidad, rechaza lo queer y abraza el discurso xenófobo a cambio de que el sistema respete su posición de privilegio. Es la victoria del individualismo neoliberal aplicado a la identidad: convertir las conquistas colectivas en beneficios privados de los que se goza mientras se vota para denegárselos al resto.

La lección desde Alemania: La total mercantilización de la existencia

El triunfo de AfD en Sajonia-Anhalt y la consolidación de Alice Weidel exponen una reconfiguración mucho más profunda del capitalismo contemporáneo. La extrema derecha ya no necesita negar la existencia de las identidades diversas; le basta con someterlas a la lógica de la oferta y la demanda.

Hemos pasado de un sistema donde la capacidad económica determinaba el acceso a la infraestructura material (salud, educación o vivienda privada), a una fase donde el capital determina la validez de la propia experiencia humana. Todo se vuelve transaccional pues quien posee el capital suficiente no solo compra bienes, sino que compra la garantía social de su identidad: accede a una vivencia protegida, respetable y tolerada por el poder. La extrema derecha aprueba y valida a una cúpula «de bien» que cumple con los estándares de productividad, clase y alineamiento ideológico, mientras proyecta toda la violencia del Estado sobre quienes carecen de ese respaldo material.

Es asi que la individualización alcanza su expresión más pura. Se fuerza un punto de quiebre deliberado entre los «homosexuales integrados» —aquellos cuya posición socioeconómica les permite convertir los derechos en un privilegio privado— y las identidades «queer» y precarizadas, cuya mera existencia sigue representando una amenaza al orden conservador.

La lección que deja Alemania no es que la identidad haya sido derrotada por el capital, sino que la ultraderecha ha abierto un nuevo frente de ataque: intentar privatizar los derechos para desmantelar la solidaridad colectiva. En ese sentido y frente a esa trampa, la respuesta política de la disidencia sigue siendo sostener que no hay liberación posible si no es comunitaria, interseccional y para todas.

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