Caiga quien Caiga de Eduardo J. Guillot entró con creces a la galería de oportunidades perdidas en el cine peruano. No solo desaprovecha un contexto absolutamente propicio para la discusión sobre la urgencia de la lucha anticorrupción, sino que expresivamente apuesta por la modorra visual, en un trabajo sin matices, sin profundidad en hechos y personajes, con planos aplastados, donde el dron asume la mirada panorámica que escabulle desde la postal atmosférica el olor de la putrefacción moral que apenas expone.

Como pasa en Vidas paralelas (2008) de Rocío Lladó, film financiando por las Fuerzas Armadas para dar una versión amable de los sucesos del conflicto interno, en este debut de Guillot, todo está al servicio de exaltar la figura heroica y honorable del procurador ad hoc José Ugaz, quien emprendiera la más significativa investigación contra la corrupción en tiempos de mafia fujimontesinista. Se percibe un producto encomiástico a la labor del procurador, lo cual no es un defecto per se, pero sí sobrepasa la dimensión dramática de la película (más aún cuando el papel de Ugaz está encarnado por un actor valorado de teatro, Eduardo Camino, en un rol poco expresivo, acartonado y sin brillo). Es decir, Guillot se propone realizar un drama soso antes que un testimonio o análisis de lo real, a partir de las narraciones “íntimas” sobre la corrupción del libro homónimo del procurador en el cual se basa (lejos del sueño del thriller que pensaban filmar). El film va virando a una perfecta metáfora sobre cómo retratar desde la adulación. Los textos al final del film, con la foto de Ugaz estoico más la frase que dice que logró estimar 600 millones de soles robados por Montesinos y amigos, lo grafican perfectamente. Un cine fascinado por las cualidades de la franela.

En Caiga quien caiga, no hay una apuesta por defender la sustancia de la lucha de la anticorrupción en el país, sino que se esmera en describir los sucesos que hicieron a Ugaz responsable y mentor de esa lucha, tras el encargo que recibiera del mismo Fujimori para investigar y capturar a su socio haciéndose el loco, aunque luego pasó lo que ya todos sabemos y reconocemos. Si el film hubiera cambiado su título por Ugaz, del libro a la pantalla, no hubiera habido diferencia.

El film tiene la intención de sostenerse en un debilitado Ugaz, como contraparte moral y judicial, y debido a esta deficiencia en el diseño del personaje, la presencia misma de Montesinos adquiere todo el peso dramático. Si bien Miguel Iza deposita el estilo de su trabajo en los gestos, en el acento en la voz de su personaje, en su forma de caminar, en el lado físico que parecía a todas luces imposible (debido a la casi poco probable semejanza entre él y el siniestro asesor), todos esos recursos se van disipando a causa del pobre desarrollo argumental, que incluyen escenas sexuales gratuitas, como aquella que intenta demostrar que Montesinos no solo era un corrupto con mayúsculas, sino también un voyeur empedernido.

En Caiga quien Caiga (2018), Iza hace lo posible para mimetizarse con Montesinos, pero lamentablemente es imposible dejar de ver al actor de otras caracterizaciones, porque las situaciones del film no favorecen ese propósito.

Sobre la necesidad de la fidelidad a los sucesos reales, en Caiga quien Caiga se ha optado por el docudrama, es decir, por traducir hechos de la vida real con técnicas dramáticas respetando insumos documentales, por ello es que salen el ministro Bologna, Laura Bozzo, Matilde Pinchi Pinchi o Jacqueline Beltrán sin necesidad de cambiarles el nombre, lo que la acerca a los objetivos del telefilme. Historias de la vida real recreadas con un fin concientizador. En este sentido, pasa algo similar en Coraje (1998) de Chicho Durant, donde se sacrifica una mejor resolución dramática y expresiva a cambio de una actriz que se parece físicamente a María Elena Moyano, pero que no cumple con un sentido mínimo de la interpretación. Eso sucede con el reparto de Caiga quien Caiga, pero creo que el problema es peor aún.

No se puede seguir deseando que el cine peruano alcance estándares internacionales de producción comercial si se sigue apelando al uso de pelucas artificiosas, paupérrima utilería o una dirección de arte muy pobre. La peluca del personaje de Pinchi Pinchi revela el desinterés: mientras Montesinos luce una caracterización esmerada, el personaje de Jackie Vasquez luce abandonado a su suerte, con una peluca pelirroja barata, tan risible como las escenas de sexo en sobreimpresión, que yuxtaponen nalgas y senos en modo surreal.

En suma, aún tendremos que esperar un tiempo para un retrato menos caricaturesco de Montesinos, pero no por la actuación de Iza, sino por el entorno que diseñaron para él, de narcos, testigos y jueces que parecen extrañar al épico “Fratacino” de Breaking the silence, film serie B de Menahem Golan.