“Ya no tengo paciencia para aguantar todo esto” (Micaela Bastidas)

Este es un 28 atípico que vivimos en casa -los que podemos-, arriesgando nuestras vidas -los no tan privilegiados-, aguantando la dureza de estos meses -la mayoría- y, todes, sobreviviendo una incertidumbre que no se va.

Y por lo atípico de este 28 podríamos pensar que estamos en la anormalidad absoluta, pero habría que ser honestos y honestas para admitir que en realidad estamos viviendo la normalidad de millones de compatriotas que este 2020 se ha potenciado lo suficiente como para que nadie quede indiferente.

El divorcio entre el Estado y las mayorías sociales no son del 2020, sino de siempre, desde hace 199 años, sí. Las diferencias abismales entre quienes pueden pagar derechos y quienes están a merced del azar para garantizarlos siempre estuvieron ahí. La indignación con que vemos morir a quien no pudo acceder a una cama UCI, a quien no pudo pagar oxígeno por los precios descomunales, o al niño que muere por negligencia de unas autoridades que se pasan la pelota para no asumir su dejación de funciones no es de hoy. La imagen de una esposa corriendo tras el coche presidencial para pedir que “la oigan” no es un hecho aislado. Es la lamentable metáfora que describe con precisión el Perú que algunos habitamos pero tantos otros sobreviven.

Y por eso, porque sé que hoy habrá quienes digan -con razón- que no hay nada que celebrar, quiero hacer una aportación patriótica porque son los, las y les peruanas quienes hoy más que nunca merecen una celebración que no debiera ser un aplauso sino un cambio de tornas y la gestación de una necesaria solidaridad patriótica. Una revolución que ha de nacer desde los sentidos comunes que este 2020 se han instalado, por fin, pese a los poderosos. Por ejemplo, que la salud ha de ser un derecho y no un negocio, que el Estado ha de garantizar derechos recuperando soberanía sobre ellos y no entregándolos al capital privado, que las reglas del libre mercado son sólo libertad para unos pocos y esclavitud para las mayorías y que hay que reformular la hoja de ruta.

Es en estos momentos en los que toca ponerse realmente la patria sobre el cuerpo. El enfado es hoy una acción patriótica. Como diría Micaela Bastidas “Ya no tengo paciencia para aguantar todo esto.” Y siguiendo su ejemplo, me indigno porque indignarse es revolucionario.

Es en estos momentos en los que toca ponerse realmente la patria sobre el cuerpo.
El enfado es hoy una acción patriótica.

No hay nada que celebrarle al gobierno que ha dejado el timón en automático por más que hoy el presidente nos diga mil cifras para disfrazar su hoja de ruta huérfana de piloto. No hay nada que celebrarle al Congreso que sigue apuntalando agendas interesadas y corruptas en lugar de pensar en el bien común. No hay nada que celebrarle al grupo de grandes empresarios que nos ha dado la espalda en un gesto de inhumanidad pero también de antipatriotismo. No hay nada que celebrarle a los monopolios, las clínicas privadas, las universidades empresa ni las mafias de los colectivos.

Pero yo sí aplaudo, celebro y, sobre todo, lucho con todas las peruanas que sobreviven este año la violencia del confinamiento con sus agresores. A las que tejen redes que las salven haciendo de la sororidad el lema más patriótico de este julio. A las miles que se han vuelto maestras, trabajadoras del hogar, teletrabajadoras y todo lo que hiciera falta en estos meses. Lucho con las familias de las que han sido desaparecidas, violadas y asesinadas. Es patriótico nunca olvidarlas. Lucho con las miles que han sido despedidas y que saben que, a diferencia de los hombres, tendrán mucho más difícil recuperar contratos estables cuando pase la pandemia. Pasará la pandemia pero empezará recién la crisis y, como todas, nos golpeará antes a las mujeres. Con ellas lucho. Ellas son mi bandera.

Yo sí celebro, aplaudo y sobre todo acompaño a los miles de trabajadores y trabajadoras en informalidad que viven al día y que hoy, no saben ya cómo estirar los billetes y las monedas. A quienes han rediseñado sus pequeñas empresas para continuar dinamizando la economía y sobrevivir en esta ola dura.

No hay nada que celebrarle al grupo de grandes empresarios que nos ha dado la espalda en un gesto de inhumanidad pero también de antipatriotismo. No hay nada que celebrarle a los monopolios, las clínicas privadas, las universidades empresa ni las mafias de los colectivos.

Y lo han hecho respetando los derechos laborales de sus trabajadores, cuidando a su personal y reinventándose poniendo siempre a la gente primero. Los hay. Ellos y ellas son los verdaderos empresarios patrióticos que necesitamos. No la cúpula de la CONFIEP. Ellas y ellos son mi bandera.

Yo aplaudo, celebro y acompaño a los y las personas del sector salud. A quienes pese a los salarios de miseria nunca abandonaron su plaza en un hospital. A quienes hicieron chanchita para acceder a material que les proteja cuando ya no llegaba por parte de las autoridades. A quienes han cumplido una faena heroica que no acaba. Recordemos esto cuando vuelvan a marchar exigiendo salarios justos y aumento de presupuesto para este sector. Ellos y ellas son mi bandera.

Yo aplaudo, celebro y acompaño en su lucha a las trabajadoras de la limpieza que en Lima han encontrado el más ruin abandono por parte de una Municipalidad que, perdonen ustedes, no existe o existe solo para los intereses económicos de los menos. Son ellas las que nos cuidan a diario no solo en esta pandemia y merecen reconocimiento económico pero también que por fin las veamos a la cara para nunca más olvidarlas. Su lucha es la lucha por un país que cuide. No hay nada más patriota que cuidar. Ellas son mi más hermosa y heroica bandera.

Yo aplaudo, celebro y acompaño a las maestras y maestros que se reinventan notoriamente tras las pantallas de sus computadoras y celulares. Que se han convertido en asesoras de familias, psicólogas y hasta consejeras tecnológicas para que ninguno de sus alumnos perdiera las clases. Recordemos esta labor cuando vuelvan a ocupar la Plaza San Martín pidiendo salarios dignos, aumento de presupuesto, apoyo del Ministerio, etc. Ellas son mi bandera. También lo son los niños y niñas que caminan durante horas para poder acceder a señal de internet para no quedarse sin educación. A algunos les parece heroico, a mí me parece vergonzoso que haya quienes, por el lugar en que nacieron, deban caminar para acceder a un derecho. Recordemos esto cuando te digan que la educación privada es mejor que la pública. Recordemos esto cuando los amos de la privatización vuelvan a hablarte de meritocracia. Las víctimas de esa falsa meritocracia son mi bandera.

Yo aplaudo, celebro y acompaño a las y los defensores de los recursos de mi país. A quienes contra las balas del Estado, el hostigamiento de las grandes empresas y muchas veces la complicidad de los medios de comunicación con estos poderes, siguen en pie de lucha cuidando nuestros ríos, nuestras tierras, y garantizando nuestro futuro. Ellos, ellas y elles son mi bandera.

Y la lista sigue. Por suerte.

Si este 28 sirve para algo que sea para compartir la indignación que nos empuje a cambiar las tuercas. En este 2020 han saltado todas las falsas costuras de un Perú donde el modelo neoliberal ganó sin debatir. Se impuso sin consultar. Y nos dejó en la absoluta vulnerabilidad. Frente a esta vulnerabilidad está la gente. Están las peruanas, peruanos y peruanes que construyen patria resistiendo frente a quienes la rompen. Celebrar hoy es sinónimo de luchar unidos, unidas, unides porque ya no tenemos paciencia para aguantar todo esto.

En este julio en que volvemos a izar la bandera pregúntate, ¿cuál es tu bandera?

Yo lo tengo muy claro.