La vida del migrante venezolano después de la caída de Maduro
Por Alvaro Meneses
Fotografías y videos: Juan Zapata
La caída de Nicolás Maduro, tras haber sido capturado por las fuerzas armadas de Estados Unidos la madrugada del pasado 3 de enero, remeció el mundo pero no las vidas de los venezolanos que dejaron su país para sobrevivir. Edward Briceño y Fortunato García son dos de ellos. Entrevistados por Wayka para este reportaje, ambos recuerdan su país en crisis, la ruta del éxodo venezolano, episodios de xenofobia y cómo se adaptaron al Perú, mientras que la posibilidad de regresar a Venezuela aún es un sueño lejano.
Edward tiene 22 años. En el pueblo de La Puerta del municipio Valera, en el estado Trujillo, nació el 28 de julio del 2003. “Una fecha muy peruana”, reconoce. Luego se mudó a la ciudad petrolera de Maracaibo. Es que su padre, un ingeniero eléctrico, trabajaba en el rubro energético. “Tenía una vida de clase media, sin muchos lujos pero tampoco sin ningún tipo de cosas que nos faltasen”, recuerda.
Fortunato García, en cambio, tiene 41 años y nació en Maracay en 1985. “A mí me gusta llamarla como la ciudad donde nació Canserbero”, precisa. En esa ciudad primero estudió una carrera técnica superior en publicidad y mercadeo y luego se graduó como abogado. Sin embargo, su disciplina lo llevó a trabajar como entrenador de crossfit. Y como Edward, Fortunato también tenía una vida de clase media. “La calidad de vida en esos años era distinta. Había una facilidad para viajar a otros países. Por ejemplo, ir a lugares como Miami. De hecho, llegué a ir con mi papá cuando era adolescente, conocer los parques, Disney, eso”, cuenta.

A inicios del 2014, la delincuencia, la crisis económica y la escasez de productos básicos que se sufría en Venezuela desató una ola de manifestaciones contra el gobierno de Maduro. “Nosotros todavía en 2014 aguantamos, pero uno empezaba a ver que el país empezaba a cambiar”, cuenta Edward. “Cada vez que había una manifestación, el abuso de poder de parte de la Guardia Nacional Bolivariana”, rememora.
Amnistía Internacional reportó que en 2014 al menos 41 ciudadanos perdieron la vida en medio de las protestas contra Maduro y que más de 650 resultaron heridas. Más de 2000 manifestantes, además, fueron procesados judicialmente ese mismo año. También se reportaron casos de torturas por parte de agentes de las fuerzas del orden.
Fortunato también repasa con pesar esos años. “Ya el país no estaba muy bien. Era difícil hasta conseguir algo como proteína, era difícil consumir suficiente cantidad de carne o huevos, muy difícil porque nos costaba”, cuenta. Lo que terminó por empujar a Fortunato a la migración fue el robo de su auto y un intento de extorsión. “Me llamaron, me robaron el auto, no apareció más nunca y dije, bueno, ya es mejor irme de acá”, dice.
Durante el 2016, recuerda Edward, las despedidas eran cada vez más frecuentes. “Ya era una cuestión semanal de decir mi primo se va, mi hermano se va, mi tío se va”. Así, en 2017, su familia decidió que ellos también saldrían de Venezuela. Y en el 2018, después de acabar el periodo escolar en el mes de julio, Edward y su familia iniciaron la ruta del migrante.
La ruta del éxodo venezolano
El éxodo de Edward y su familia fue por tierra. De Maracaibo, donde vivían, se trasladaron a la ciudad de Vigía, en el estado Mérida. Allí partieron en bus hacia la ciudad fronteriza de San Antonio del Táchira. Cruzaron el río Táchira a través del puente internacional Simón Bolívar e ingresaron a Colombia hasta la ciudad de Cúcuta. “Yo jamás había visto tanta gente en un mismo lugar, en un mismo puente. Y todos estaban saliendo de Venezuela. De verdad, es algo que recién ahora uno se pone a pensar y dice, lo que yo viví (…) fue algo histórico que nunca había pasado en la historia de un país”, dice.
El ambiente en los buses durante el trayecto, recuerda Edward, era fúnebre. Es como si algo muriera al dejar tu país y la vida que construiste allí. “Era como un velorio, mano. Porque tú sabías que todos los que estaban ahí, estaban en la misma situación que tú. Ese era el ambiente común en cada uno de los buses”, rememora. “También ver cómo las personas se iban bajando. Algunas se quedaban en Quito, otras se quedaron por Bogotá, otras se quedaron en Medellín, otras se iban para Guayaquil y así sucesivamente”.
En Cúcuta, Edward y su familia compraron un paquete de 200 dólares por persona que ofrecía cruzar toda Colombia hasta la ciudad fronteriza del Pasto e ingresar a Ecuador a través del puente Rumichaca. Allí abordaron otro bus que atravesó Ecuador y los llevó hasta la frontera con Tumbes. “En Perú, Tumbes estaba llena, repleta de personas porque justamente el gobierno peruano, durante esa fecha, había puesto que hasta el 31 de octubre (del 2018) iban a entrar los venezolanos”, cuenta.
Edward y su familia llegaron a Lima el 23 de octubre del 2018. Fortunato, junto a su hijo y su pareja, también llegó en esa época. Hasta enero del 2026, más de 1,6 millones de venezolanos residen en Perú, de acuerdo a un análisis de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Así, Perú es el segundo país del mundo que concentra más venezolanos.
Empezar de cero
En Lima, Edward y su familia fueron recibidos por una tía que los albergó en su casa, en el distrito de Surquillo. A Edward le faltaban dos años para terminar el colegio. Y en el verano del 2019, intentó ingresar a las grandes unidades escolares de Melitón Carvajal de Lince y de Alfonso Ugarte de San Isidro, pero en ambas fue rechazado porque no había cupos para extranjeros. Sin embargo, Edward finalmente fue admitido en el GUE Ricardo Palma, en Surquillo.
“Me recibieron bien en el colegio”, recuerda. “Algún que otro comentario, porque en esa época sucedió lo de los descuartizadores en el hotel. Fue como que el muchacho soltó un comentario así como que estábamos jugando fútbol, en la típica pichanga, y al terminar, como ellos perdieron, dijeron algo como que, qué, ahora me vas a descuartizar”, cuenta.
El comentario xenofóbico dirigido a Edward hacía referencia a un crimen que sacudió a la sociedad. En septiembre del 2019, un hombre peruano y otro venezolano fueron asesinados y descuartizados. El caso se hizo mediático porque los restos de las víctimas fueron encontrados en distintos puntos de la ciudad y porque los autores del crimen fueron venezolanos.
Para Helena Olea, abogada con más de 10 años de experiencia en migración y vicedirectora de Alianza Américas, en términos generales, “los extranjeros cometen delitos en tasas muy inferiores a los nacionales”. En Lima, por ejemplo, un estudio del 2019 de la organización Equilibrium CenDe, identificó que la migración venezolana no habría tenido efectos significativos en delitos como robo, homicidios y violencia sexual.
Aún así, explica Olea, la reacción mediática y política frente a un delito cometido por un extranjero es distinta a la de uno perpetrado por un nacional. “Hay como un sistema establecido en que esos delitos se hacen súper populares, están en todas las redes sociales, inmediatamente hay un proyecto de ley con el nombre de la víctima, que tiene alguna intención de limitar situaciones para extranjeros, de reprimir, exigir que haya más prisión preventiva cuando quien comete un delito es un extranjero”, apunta.
No fue la única vez que Edward afrontó una situación de xenofobia. “En un bus, veneco lárgate de mi país, vete a tu país. En un mercado, una señora así, lárguense venezolanos”, recuerda con mal sabor. “Lo más grave creo yo ha sido que nos negasen alquiler por ser venezolanos”, agrega.

Pese a las dificultades de la migración, Edward terminó el colegio e ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ahora está en el último año de la especialidad de Periodismo y, en paralelo, se ha construido un nombre en el movimiento hip hop peruano como rapero y beatmaker. “Ahorita estoy como esa escena de Rápidos y Furiosos en donde Toretto se separa de Paul Walker, en el sentido de que por un lado la cosas en la música me han estado yendo bien (…), pero yo, sobre todas las cosas, me gusta estudiar”, dice.
Por su lado, Fortunato llegó a la casa de su hermana, casada con un peruano, y pasó los primeros dos meses repartiendo su curriculum vitae en gimnasios de crossfit hasta que lo contrataron en uno de La Molina. “Los primeros trabajos son, cuando llegas, un poco informales”, cuenta.
En ese entonces, Fortunato planeaba trabajar, ahorrar dinero y volver a su país. Retornó a Venezuela, de hecho, después de la pandemia, pero ya no pudo adaptarse a su país. “La verdad fue un choque bien grande, en el sentido que venía ya acostumbrado a que acá son las 11, 12 de la noche y puedes montarte en un autobús. Y cuando regresé, no sé cómo está mi país actualmente, pero a las 7 de la noche ni siquiera un autobús, no había transporte público”, recuerda con mal sabor.
Fortunato, entonces, regresó a Perú. Pensó, por un momento, que cometía un error o que no estaba luchando lo suficiente. Pero la imposibilidad de realizar actividades básicas como movilizarse en transporte público o alimentarse como lo requiere un deportista, lo llevaron de vuelta a Lima. La posibilidad de regresar a su país, al menos por ahora, es lejana.
En la actualidad, Fortunato entrena a diario a decenas de personas desde las 6 de la mañana en un gimnasio en Miraflores. “Ya estoy en planilla, tengo mis beneficios ley”, afirma. Ahora, confiesa, después de un intento fallido de volver a Venezuela, se siente más de acá que de allá. “Me siento más como de acá, que pertenezco a acá”, concluye.
La captura de Nicolás Maduro sorprendió a Edward y Fortunato, pero nada más. Ninguno de los dos ha pensado en volver a Venezuela por la noticia. No es que no extrañen su tierra y su familia. Es que ambos ya echaron raíces en Perú.
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