A diferencia de los contextos del #MeToo surgido en EE.UU., liderado por actrices de Hollywood, o el mexicano #YaEsHora, donde se unieron cineastas, actrices y miembros de compañías productoras, aquí la urgencia de hacer visibles casos de machismo, acoso sexual y abuso de poder en la comunidad peruana del cine y audiovisual proviene de voces de estudiantes, de exalumnas y de técnicas, sobre todo, desde los ámbitos académicos o universitarios de las comunicaciones.

Ante las denuncias vía Instagram, a través de la cuenta @acosadoresdelcineperuanocaera, se pudo conocer testimonios de jóvenes, donde se describen situaciones de acoso sistemático dentro de las universidades realizadas por el docente y cineasta Frank Pérez Garland, director de Locos de Amor, Un día sin sexo o Margarita. Horas más tarde, el mismo cineasta escribió una respuesta lamentable, en un tono genérico que casi no se dirige a las víctimas, en la misma red social, donde confirma su accionar, aunque poniéndose en clave sufriente, al definir el acoso como “seducción intensa”, o al afirmar que no era consciente del año causado.

Las denuncias contra este cineasta revelan un sistema que data desde hace veinte años, tanto en las aulas, como en ámbitos laborales de las producciones audiovisuales. Diversos gremios como la Asociación de Mujeres Audiovisuales (AMA) o la Asociación de Cineastas Voluntarios (ACV), cuyos miembros en su mayoría pertenecen al cine independiente, expresaron su rechazo ante el acoso sexual de Pérez Garland, en apoyo a las víctimas. Además, exhortaron a cumplir con la vía legal, ya que en nuestro país el acoso es un delito con pena de cárcel. Seducción invasiva e intensa es acoso.

Es importante también hacer visible que las denuncias provienen de trabajadoras técnicas del audiovisual, no de actrices ni cineastas ni productoras, es decir de un sector laboral poco valorado, de bajas remuneraciones en comparación a la de los hombres, y donde es clara la desventaja ante situaciones de este tipo y desde los roles que existen en las producciones. De allí que se reconoce su valentía y su apuesta para construir nuevos espacios laborales libres de acoso y violencia sexual.

Esta situación confirma un sistema que casi nunca ha sido cuestionado públicamente: el de las jerarquías de poder patriarcales en el audiovisual peruano; tanto en cine como en la televisión, férrea por años, donde prima el “amiguismo” y la complicidad, y que, ante casos de acoso, se recurre al silencio. Mutismo que comprobamos con la denuncia en redes de la actriz Mayra Couto contra el actor Andrés Wiesse. Muy pocos del sector audiovisual dieron opinión alguna. No vemos casi actores que trabajan en estos rubros, sobre todo, con la intención de fomentar esta pedagogía y cultura contra el acoso, de cuestionar sus prácticas, de tratar de desaparecerlas. Y lo que encontramos es complicidad, poca autocrítica o nulos deseos para lograr que esto cambie. Muestra de ello está en la cantidad de actores que le dieron like a la respuesta de Pérez Garland en Instagram.

Por otro lado, si el #MeToo o campañas de mujeres del sector audiovisual en diversas partes del mundo partieron del grito enérgico de rostros visibles de la industria o de las producciones, aquí tras la denuncia contra Pérez Garland, hemos percibido un perfil bajo de las actrices como reacción ante esta situación. Las actrices son el sector más visible y podrían ayudar a transmitir estos mensajes contra el acoso en la ciudadanía. Pero esta mención no es para acusarlas sino para demostrar cómo funciona este sistema de jerarquías o castas que oprime también de esta manera, que termina alienando y quitando la agencia de las mujeres; una gran estructura donde es difícil estudiar, trabajar y mantenerse en el sector sin ser acosadas, vapuleadas o silenciadas, y donde no existen garantías para denunciar u opinar libremente sin perder el trabajo.

¿Qué hacer entonces? Más allá de pedir al Estado hacer cumplir la legislación actual, urge fortalecer grupos de apoyo y de autocuidado, espacios donde las víctimas puedan dar sus testimonios sin ser acusadas, pero también construir protocolos contra el acoso para garantizar un ambiente de trabajo con respeto, y que sean validados y aplicados por toda la comunidad audiovisual.

También urge establecer mesas de trabajo entre universidades, porque no solo estamos hablando de relaciones de poder abusivas entre docente – alumna/alumno, sino también de la reproducción de una currícula universitaria para el audiovisual que sigue manteniendo estereotipos o roles determinados para mujeres y hombres que se prolonga tras el egreso y en la vida laboral. Un problema estructural que se ha revelado y que no volverá a estar en tinieblas.