Orgullo en resistencia: las voces que desafían la discriminación en Lambayeque
Más allá de las marchas y los colores que caracterizan a la comunidad LGTBIQ+, en Lambayeque existen personajes que viven el activismo a diario. Sus liderazgos que desafían el estigma, abren caminos y levantan la voz por una sociedad más justa. Estas son sus historias.
Chiclayo, conocida como la “capital de la amistad” por la calidez de su gente, es también, paradójicamente, la ciudad de Robert Prevost, hoy cardenal y figura prominente del Vaticano. Sin embargo, lo que muchos ignoran es que también es la ciudad donde, com dice la activista Liz Medrano, los “marikones”, “lesbianas” y “transexuales” luchan por dignidad, justicia y libertad. Aquí presentamos tres historias que no pretenden representar a toda la comunidad LGTBIQ+, pero que reflejan el poder transformador de vivir con orgullo.
De luchas y tambores
Liz Medrano, de 32 años, es activista, educadora popular y licenciada por la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo. Forma parte de Moshikas Diversas, organización regional TLGBIQ+, y es fundadora de la Batukada Antirracista y Transfeminista Bomba Marika. Además, lidera “La Marikasa”, una casa comunitaria que sirve como punto de encuentro y organización para disidencias sexuales y colectivos afines.
En su etapa universitaria, intentó militar en partidos políticos, pero se desencantó al notar prácticas caudillistas que sofocaban los liderazgos juveniles. Aquel desencanto no la alejó de la política, sino que la acercó a las luchas desde los márgenes. En 2014, participó activamente en las protestas contra la “Ley Pulpín” y descubrió en el feminismo popular un nuevo espacio de militancia.
Aprendió a hacer batucada con instrumentos improvisados —un bidón, una lata de aceite— entendiendo que el arte también es resistencia. “La música afrodescendiente me conecta con una fuerza ancestral que no sólo vibra, sino que protesta”, afirma. Desde 2018, es una de las voces más visibles de la Plataforma de Comunidad Organizada TLGBIQ+ de Lambayeque.
Para Liz, el activismo es un proceso vivo, en constante cambio: “Los privilegios no son estáticos. Dependen del cuerpo, del territorio que habitas. Por eso creo en la unidad y en la pervivencia de la comunidad”. Cuestiona los regímenes heterosexuales, la colonialidad del poder, el feminismo blanco, y exige espacios donde las nuevas generaciones de líderes disidentes puedan crecer y proponer.
Durante las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte, Liz y sus compañeres fueron claves en la articulación de marchas. “Hay una responsabilidad histórica con la lucha por la justicia y la libertad de nuestros cuerpos y territorios. No se puede esperar nada de un gobierno que ha traicionado al pueblo”, afirma con firmeza. Su lucha, dice, tiene como horizonte una vida digna, centrada en los cuidados, el descanso y la comunidad.
Para Liz, seguir organizándose es un proceso a largo plazo, porque el fin último es la vida digna, poner en el centro la vida, los cuidados y las comunidades y no el capital, construir un imaginario colectivo donde disfrutemos del descanso, el placer y la colectividad. Además, conseguir que la clase política respete y entienda que no “queremos que nos incluyan, no hay un mundo fuera de nosotres, nosotres siempre estuvimos aquí somos el grito más salvaje de nuestres ancestres disidente”.
«VIHviendo» positivo
En un contexto de aumento de casos de VIH en Lambayeque, el activismo por el derecho a la salud se vuelve urgente. Junior Juárez López, de 27 años, sociólogo y activista, decidió asumir ese reto desde los 18, cuando fue diagnosticado con VIH. Su vivencia personal lo llevó a convertirse en una voz clave para otras juventudes que atraviesan procesos similares.
Junior lidera el proyecto Jóvenes en MoVIHmiento, que busca visibilizar las voces de jóvenes con VIH e incidir en la reforma de la legislación nacional. Ha recorrido diversas regiones del país recogiendo testimonios y planteando propuestas centradas en el acceso a tratamientos, la no discriminación y la educación integral en salud.
Su trabajo ha derivado en la creación de bootcamps de liderazgo, derechos humanos y comunicación política. A través de estos espacios, ha articulado redes entre juventudes, colectivos y congresistas para colocar en agenda pública los derechos de las personas con VIH.
“Ser visible con mi diagnóstico me ha empoderado. Sé que no todas las personas pueden hacerlo por miedo al estigma, pero por eso mismo decidí alzar la voz”, cuenta. Su visibilidad le ha permitido representar a la Región Andina en la Red Latinoamericana de Adolescentes y Jóvenes Positivos, con incidencia en países como Colombia, Bolivia, Ecuador y Venezuela.
Ha participado en foros internacionales —como la CEPAL, ONU Mujeres e ICASA— y capacitado a más de 2,500 jóvenes en salud sexual y reproductiva. “Mi historia es también la de muchas otras personas que quieren vivir con dignidad y sin miedo”, afirma.
Mamá Afrika: madre de muchas
La comunidad trans en Chiclayo enfrenta múltiples formas de violencia. Desde el asesinato de una mujer trans en 2022 hasta las agresiones por parte del serenazgo en avenidas céntricas como Balta y Pedro Ruiz, la vulnerabilidad de las mujeres trans, especialmente las que ejercen el trabajo sexual, sigue siendo alarmante.
En medio de esa realidad, emerge la figura de Mamá Afrika. Afrika Hernández, activista trans de 45 años, es vicepresidenta de la asociación ‘París’, que articula a mujeres trans trabajadoras sexuales en Lambayeque. Es, además, una figura materna y de referencia para las más jóvenes.
“Lamentablemente en Lambayeque persisten rezagos coloniales, imposiciones religiosas y discursos de odio que legitiman la violencia contra quienes rompemos la norma”, denuncia. Rechazada en múltiples trabajos por ser trans, Afrika tuvo que ingresar al trabajo sexual. Hoy, colabora con su familia en una tienda de repuestos, sin abandonar nunca su rol de activista.
“No tenemos respaldo de las autoridades. Cuando vamos a denunciar, nos ponen trabas. Los serenos no nos protegen, nos violentan. Y la alcaldesa no se ha pronunciado ni una sola vez”, subraya.
Pese a todo, Afrika no se rinde. “Sigo en pie porque aún creo que hay nuevos mundos posibles. Me mueve el amor por mi comunidad, la rabia por tantas hermanas que hemos perdido y la necesidad de que las nuevas generaciones sepan que no están solas”, afirma.
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