Si comparamos Luis Miguel, la serie, con otros productos seriales de Netflix, es probable que la diferencia más notable esté en sus componentes dramáticos. Pensada como un biopic (tipo de narración que describe momentos de la vida de algún personaje de la vida real), la serie describe el crecimiento profesional de Luis Miguel, uno de los mayores intérpretes de la música pop en América Latina, a través de episodios de su niñez y adolescencia en México, donde la figura omnívora de su padre, el villano de la trama, lo amolda y marca. Y allí radica el toque «familiar» que lo hermana con la médula de las telenovelas de esta parte del continente, que no solo remiten a historias de amor frustrado, entre mujeres pobres enamoradas de hijos de ricos, sino en argumentos donde se divide al mundo de ficción en dos: entre buenos y malos.

Para Netflix garantizar el éxito de una obra basada en la vida de un cantante muy famoso en América Latina, no solo pasa por hacer usufructo de su tragedia personal a punta de recuperar pasajes que hasta muchos años sólo eran solo rumores, sino en mostrar este drama a través de códigos narrativos que empatan con la sensibilidad de la telellorona, aquí desde la vida de un personaje sometido a crisis pasionales en un mundo donde el villano lo maneja todo. ¿Series de personajes ambivalentes e historias sofisticadas para los europeos y estadounidenses, y culebrones, con buenos y malos, para los latinoamericanos? Lo que sí es claro es que la composición telenovelesca de Luis Miguel, la serie, tiene mucho que ver con el mundo pop y de prensa del corazón construida alrededor de este popular personaje.

Como en las telenovelas usuales de la historia de la televisión mexicana, la presencia del villano en el relato es capital. La presencia de Luisito Rey como ente maligno, tosco y abusivo, machista energúmeno y de padre explotador, va apoderándose de la pantalla ante un hijo que se va a ir desprendiendo de su influencia a lo largo de los años. La proeza de Luis Miguel, el cantante y niño-hombre que vive bajo el yugo de un padre al que le hace ganar millones, es precisamente escapar de él, pero no por estar consciente de la corrupción, de las estafas y de la misma explotación a la que fue sometido siendo niño o púber -por su propio padre-, sino porque lo alejó de su madre. Así, la relación con su padre no es del tipo ético o moral, sino más bien es pasional. A Luis Miguel no le interesa si su padre evadió impuestos a costa de afectarlo en su carrera, sino que lo atormenta que jamás le haya podido decir dónde estaba su madre. La sospecha de que el padre tuviera que ver con la desaparición apenas asoma en él.

En las telenovelas latinoamericanas, muy distintas a las nuevas corrientes que introdujo la televisión brasileña a inicios de los ochenta, la madre y el amor filial defendidos como entes sagrados es fundamental. Por ello, a Luis Miguel lo empuja no solo hecho de recuperar a su madre perdida, sino la posibilidad de volver a tener una familia. Dibujado como personaje solitario, resulta «tierno» cuando el personaje que encarna Diego Boneta le dice a Camila Sodi que quiere formar una familia con ella. Ese es el sueño del Sol de México: recuperar la familia perdida.

Mas bien ante la inminente segunda temporada, queda la posibilidad de que la figura de Luisito Rey se mantenga gracias a los flashbacks, recursos que necesitaron de subtítulos en la primera entrega para aclarar al espectador de que se había cambiado de época (de los ochenta a los noventa) y no caer en errores narrativos o para apoyar una pobre dirección de arte. Y está claro, que la historia extendida, en lo que se viene, se detendrá en los amores mediáticos de Luis Miguel y en su ascenso y caída, y manteniendo el enigma de la desaparición de Marcela, su madre, a flote.