Pedro Castillo hizo por fin un giro con sentido en lugar de seguir trastabillando sin norte. Desde Cusco, anunció que presentaría un proyecto de ley para consultar a la ciudadanía si quiere o no una ‘Nueva Constitución’. Puedes no estar de acuerdo con que haya una nueva Constitución, puedes estar de acuerdo con reformas parciales a la Constitución existente, o puedes estar de acuerdo con que se redacte una nueva, pero al margen de esa opinión nos toca entender la propuesta antes que corear posiciones.

El Presidente no está proponiendo una nueva Constitución -como leo en algunos medios y redes sociales-, sino que sea la gente la que vote y decida si quiere o no una nueva.

Si nos consideramos demócratas tiene sentido también que entendamos que preguntar a las mayorías no solo es un ejercicio legítimo y válido, sino lógico de cara a este como a otros temas. Como cuando Vizcarra propuso un referéndum para cuestiones de reforma política y nadie le dijo que por proponer que decidiera la mayoría era un comunista o un enemigo de la estabilidad.

A partir de aquí, analicemos la foto grande. Tres apuntes y una tarea.

1️⃣ LA ESTRATEGIA DE CASTILLO: Cambiar el clivaje. Como decía, el proyecto de consulta por el cambio de Constitución no significa que este cambio vaya a hacerse efectivo, pero tampoco siquiera que el referéndum realmente se realice. Recordemos que hay un Congreso cuya mayoría no solo es opositora al Gobierno (ya sea el ala golpista o el ala minoritaria de derechas en disputa), sino también y sobre todo una oposición a un modelo de país cimentado en la transformación estructural. Para este sector -que excede el bloque golpista, ojo- una nueva Constitución es de terror porque son defensores del modelo que la actual Carta Magna perpetúa. Un modelo económico, político, cultural y social que está mayoría congresal defiende.

Hay algunos analistas que apuntan, a mi juicio ingenuamente, que el Congreso pensando antes en sobrevivir o apuntarse un rédito político podría dar luz verde a la propuesta de Gobierno. Este análisis me parece limitado pues tocar la Constitución excede el debate basado en convivencias y coordenadas tacticistas. Tocar la Constitución del 93 supone una amenaza para los poderes económicos, empresariales, mediático, político y judicial que operan desde el minuto uno para neutralizar la propuesta. El Congreso no hará otra cosa que cumplir con su papel en este frente que obstruye un nuevo pacto social. Pero lo interesante, sin duda, es la estrategia de Pedro Castillo al realizar este giro en el que, después de demasiados meses, vuelve a ponerse a la ofensiva desde la audacia. ¿Cómo? Delineando en la cancha un nuevo clivaje que es el que durante la primera vuelta en particular, y en menor pero también importante medida en la segunda vuelta, le permitieron congregar apoyos mayoritarios: el clivaje “pueblo” versus “establishment”.

En este clivaje, el presidente Castillo solo puede ganar. Ya sea porque el Congreso obstruye su propuesta como si -algo que me parece muy improbable- este proyecto viera luz verde. En este delineado de cancha, además, Castillo empuja a Perú Libre a volver a alejarse de esa derecha golpista con la que tiene mucho en común pues el tema de la Constitución excede las coordenadas de lo táctico. En un solo movimiento los actores cambian de lenguaje y, desde estas nuevas coordenadas Castillo logra un poco de aire de cara a la aprobación popular como recuperando el rol de un PL más oficialista.

2️⃣ LA LIMITACIÓN DE CASTILLO: No basta con los fuegos artificiales Se puede reconocer la audacia del giro de Castillo sin por ello evadir dos variables sustanciales: la primera, el oportunismo y, la segunda, su limitación. Creo que no digo nada nuevo si afirmo que Pedro Castillo propone este proyecto en un momento en que necesita volver a conectar con la ciudadanía que le reclama en las calles -aunque de manera atomizada aún- que “cumpla” con sus promesas de campaña. Entre estas promesas la Nueva Constitución como horizonte siempre estuvo ahí. Qué Castillo deje de responder en clave supervivencia y lo haga en clave política es una buena noticia aunque ello no quiera decir que no esté siendo oportunista. Pero la política es la capacidad de mover ficha en el tablero según, también, los momentos que lo demandan. Oportunista, sí. Eso no le quita el acierto. Pero hablemos de la limitación de este movimiento.

Lamentablemente, en un contexto de crisis económica internacional por la guerra en Ucrania, pero que además se encadena con una crisis económica anterior derivada de la pandemia, los fuegos artificiales sólo duran unos segundos en el cielo. Si bien, el clivaje delineado por el Gobierno le resultará útil, no acompañar este anuncio acertado con políticas concretas que resuelvan las demandas inmediatas de las mayorías que sufren la crisis económica, no bastará. En este sentido, toca que el Presidente acompañe esta propuesta con otro paso que he mencionado en este espacio hace unos días: el nombramiento de un GABINETE LEGÍTIMO que implemente el acuerdo del bicentenario que fue la base programática de la victoria electoral de Castillo.

¿Por qué sería legítimo este gabinete? Porque la legitimidad de un gabinete que no es elegido en las urnas debe certificarse en el cumplimiento del programa político que ganó en ellas. Medidas urgentes contra la crisis, segunda reforma agraria, masificación del gas, reforma fiscal que incluya a las sobre ganancias mineras, etc., son políticas concretas que la ciudadanía eligió en junio de 2021 y que el presidente debe cumplir como parte del ejercicio democrático. De hecho, voy un paso más adelante: si el presidente Castillo enmarcara la propuesta de consulta popular por una Nueva Constitución con un cambio del gabinete ministerial en clave medidas concretas exigidas para paliar la crisis, podría conseguir que el clivaje “pueblo versus establishment” se haga más fuerte y evidente. Algo que beneficiaría tanto los índices de aprobación del Gobierno como las posibilidades de que la Nueva Constitución como único horizonte posible logre hegemonía social.

3️⃣ LA OPOSICIÓN ERRÁTICA (y los argumentos falaces): Hay dudas lógicas sobre los riesgos del momento para escribir una nueva Constitución. Esto es innegable y hasta es positivo. Nada como un debate vivo para reflexionar en serio sobre nuestro pacto social. Veamos los argumentos desde la oposición a partir de la propuesta gubernamental que ha logrado cambiar el foco de discusión.

a) “No es el momento”: El problema es que quienes plantean que “no es momento de hablar de una Nueva Constitución” no plantean ninguna alternativa. El argumento se utiliza para decir que el “momento constituyente” debe construirse en un “proceso” pero son incapaces de decirnos por qué estaría mal iniciar ese proceso con una consulta popular. En este bloque encontramos desde políticos de derecha democrática como Francisco Sagasti hasta analistas que desde su ideología liberal son serios. Estos mismos personajes, por cierto, apoyaron la consulta realizada por Vizcarra. Queda claro entonces que el problema no es que se consulte a la gente (no podrían decirlo porque pondría en entredicho su talante democrático), pero sí que se abra el abanico a la posibilidad de una Nueva Constitución.

En resumen, el debate desde la clave del “momento” se ha vaciado de sentido y se ha vuelto una versión descafeinada del “no cambiemos la Constitución”. Es válida, pero el argumento, falaz.

b) “Nadie quiere cambiar la Constitución”: Hay quienes afirman, y se valen de encuestas para ellos que el debate sobre la nueva Constitución no es un pedido vigente en la ciudadanía. Lo primero que habría que decir es que dependiendo del lugar en que se realice la encuesta (Sur, Centro, Norte, Oriente o Lima) hay apoyos notorios y sólidos y, en otros lugares, hay posiciones contrarias. Generalizar esta afirmación es otra falacia. Pero además, hemos visto durante las últimas e intensas semanas que el pedido por la Nueva Constitución ha estado en el centro de algunas movilizaciones. Tal vez los poderes mediáticos no lo pusieron de relieve, pero en Cusco, por citar un caso, el pedido fue parte de la arenga principal de la movilización. No se borra un tema por no hablar de él, sino que se agudiza. Nada mejor que abrir el debate porque hay voces que exigen que este debate se abra. Y, por cierto, sí tan seguros están de que este no es un pedido mayoritario, pues no se preocupen y duerman tranquilos que seguramente ganará el no, ¿verdad?

c) “Castillo va a enterrar la posibilidad de una Nueva Constitución si no se aprueba su propuesta”: Este es un marco que ha empezado a instalar ayer en la tarde-noche la derecha y que, sin embargo, he visto comprado por varios compañeros desde las izquierdas. Ojo cuidado con la falacia. Un tema no se “entierra” porque se hable de él al margen de si logra o no abrirse paso desde la institucionalidad.

Parece absurdo pero vistas algunas reacciones toca recordar que ninguna iniciativa con apoyo popular se “entierra” cuando no sale adelante. La evidencia es abrumadora y se llama HISTORIA. Las victorias populares son hijas del ensayo-error y de la persistencia que consigue hegemonías culturales sobre sus épocas. Los derechos de los que nos sentimos orgullosos y orgullosas no fueron hijos de una votación en un congreso, sino de un proceso de movilizaciones que muchas veces encontró más “nos” que “síes” hasta que un día por fin se hicieron ley.

Compañeros y compañeras, no caigan en el marco de las derechas.

YAPA: LA TAREA PARA LAS IZQUIERDAS:

Lo que sí deberían hacer las izquierdas, y esto es urgente, es aprovechar este giro presidencial. Pero ojo, NO para posicionarse respecto al Gobierno pues esto es algo que quieren los poderes ya que reduce el tema al clivaje que les conviene: oposición versus oficialismo. Algo que se evidencia desde todas las tribunas que plantean el adelanto electoral o las vías para sacar al Presidente como única agenda sin entender tampoco las dimensiones de la crisis que es sistémica no solo política.

Lo que nos corresponde es aprovechar el momento para construir ese apoyo más mayoritario que atomizado sobre un tema que ha sido siempre parte de nuestra agenda con matices en el acento. Para ello hay que ser capaces de aterrizar lo que la Constitución significa en lo material. Es desde ahí que se construirán mayorías amplias en lugar de demandas atomizadas. Para ello, por cierto, hace falta también cambiar de dialéctica. Nada menos efectivo -y menos sexy- que hablar de una NUEVA Constitución desde un VIEJO lenguaje. Los poderes, en especial el mediático, hará lo suyo.

Nos corresponde utilizar el momento abierto para disputar esa batalla teniendo a este poder al frente. Y esta batalla no tiene nada que ver con el resultado de esta propuesta gubernamental en el Congreso, sino con la disputa de un imaginario social que no es tan minoritario como algunos lo pintan. La pandemia hizo lo suyo y situó al Estado y su rol en el centro. Pero también lo hizo con la Constitución del 93. La disputa está abierta.

En resumen, menos análisis y más chamba. Y la chamba está con las bases sociales y no con los seguidores del Twitter únicamente o con los consumidores de la gran prensa cuyo rol conocemos bien. Hay aquí una oportunidad que no tiene que ver con el Gobierno de turno, sino con el trabajo articulado con quienes están demostrando mucho mejor liderazgo que los propios partidos: la gente.