Por Eduardo Abusada Franco y Alejandro de la Fuente

Cuenta el mito que Quetzalcóatl, uno de los dioses de los toltecas, tomando forma humana, bajó a la tierra a ayudar a los suyos. Esta divinidad, figurada en las iconografías como una serpiente emplumada, es la que enseñó a los hombres, entre otras artes y oficios, el de la agricultura. Resolvió, en su inmensa bondad, regalar a sus feligreses el árbol del cacao. Lo robó del paraíso de los otros dioses y enseñó a los mortales a tostar el cacao y preparar bebidas con él.

Más allá de los mitos y leyendas, muchas fuentes sostienen que el origen del cacao está en Mesoamérica, en 2016, el arqueólogo peruano Quirino Olivera realizó excavaciones en el templo de Montegrande, en Jaén. Sus investigaciones dieron cuenta que desde hace 5 mil años, antes del conocido en Centro América, ya se cultivaba y usaba el cacao en la selva amazónica.

Y prueba de la calidad del cacao peruano es la asociación Warmi Tsinani. Este grupo está conformado y manejado íntegramente por mujeres. Su nombre mismo lo afirma, pues Warmi en quechua quiere decir “mujer”, al igual que la palabra Tsinani en idioma asháninka.

Conocimos el chocolate que preparan y venden en una feria sobre productos de Satipo que se realizó a fines de julio de este año en el Callao. Allí donde estaba el ‘jack fruit’, la fruta más grande del mundo —puede llegar a pesar hasta 20 kilos cada pieza—, conocimos a Luzmila Seralayan Palante, una mujer de aspecto serio, pero de trato afable.

A la vez que atendía a los clientes, entre el ruido del tráfico, Luzmila nos cuenta que la asociación se inició en 2010, exactamente el 14 de mayo. Se reunieron mujeres del distrito de Río Negro, en Satipo, y sus anexos.

“El nombre, como usted lo ve, es Warmi Tsinani. Warmi en idioma andino, Tsinani en idioma asháninka. Significa mujer-mujer. Desde allí hemos empezado con el nombre, y decidimos ser puras mujeres. Vemos que entre nosotras nos entendemos mejor, nos apoyamos. Trabajamos mutuamente. Ponte que una tiene que cosechar su cacao y las otras vamos y cosechamos todas el cacao de ella, como una faena. Y así cuando le toca a otra”, cuenta.

El primer requisito para pertenecer al grupo era tener una parcela de cacao de una cuadra de extensión. “Con el transcurrir de los años estamos implementando a más. Porque antes el cacao era una planta de 5 o 6 metros, pero con las capacitaciones que hemos tenido nos han enseñado a mantener las plantas de 2.5 a 3 metros. Entonces es más manejable para las mujeres”, explica.

APRENDER SOBRE LA MARCHA

Ni en sus planes más arriesgados a Luzmila se le ocurrió ser empresaria del chocolate. Es más, ni sabía prepararlo. Apenas recordaba a su abuelita tostando granos de cacao en la sartén, molerlos y ponerlos en vasos descartables como postre en navidades.

Actualmente Warmi Tsinani, entre otros productos, tiene a la venta siete variedades de chocolate: con pecanas, almendras, maní, aguaymanto, sacha inchi, piña, con café y bitter solo. Todos al 70% de cacao. Teniendo en cuenta que ya han aprendido los procesos y que tienen un taller un propio, saben bien que del mismo cuero pueden salir no solo correas. Así que están innovando y probando azúcar orgánica, licor de cacao, chocolate para taza, mermeladas, etc.

El gusto del chocolate se nos quedó en los labios tras aquella conversación y decidimos viajar a Satipo para conocer presencialmente a las mujeres que hacen posible este dulce negocio y cómo lo logran.

DE LIMA A SATIPO EN MOTO

La aventura del cacao nos llama, en una moto Honda de apenas 125 cc, con equipaje y dos adultos encima, casi congelados cruzamos la cordillera por el abra de Anticona e hicimos noche en La Oroya. El frío glacial y el aire metálico golpea sin remedio. Así llegamos al distrito de Río Negro, en la cálida provincia de Satipo.

Río Negro es uno de los nueve distritos de la provincia de Satipo, en Junín. Administrativamente está organizado en cinco cuencas. Las zonas de selva son de dominio de la nación asháninka. Hay unas 200 comunidades nativas en Satipo. La población de Rio Negro, sin embargo, no pasa de los 31 mil habitantes. Tranquilamente llenan el Estadio Nacional de Lima y sobra bastante espacio. Río Negro se inicia como una misión franciscana en la segunda década del siglo pasado. Acá llegaron los colonos y se dio también el encuentro entre el mundo andino y la el pueblo asháninka, quienes desde hace centurias conocían los misterios del cacao.

Frente a la plaza de la Intercultaridad —la principal en este distrito—, en las galerías de la Municipalidad local, está el taller de producción de chocolates de Warmi Tsinani. Volvemos a encontrarnos con Luzmila, quien llegó en moto —ella es de las nuestras, pensamos al verla sobre dos ruedas— a nuestro encuentro. Empero, una aguda laringitis no le permitía hablar mucho. Allí conocimos también a la Marisela Lima Huayra, la actual presidenta de la asociación. Dueña de una voluntad de hormiga, nos contó de cabo a rabo la historia y retos de Warmi Tsinani.

DESDE EL GRANO AL EMPACADO

Actualmente, de las varias mujeres que iniciaron la asociación, hay 16 en plena actividad. Al inicio venían de las diferentes cuencas de Río Negro, sin importar su origen ni experiencia en el rubro chocolatero. De hecho, Hogaño, una de las socias es analfabeta, pero domina el arte de este negocio. Entre las actuales socias queda solo una netamente asháninka: la señora Blanca.

“Venían mujeres de muy lejos. Pero poco a poco, ellas mismas se fueron separando porque la distancia era mucha, y a veces las reuniones son hasta tarde”, nos explica Josefina Arrieta Gerí. Así fue que por una suerte de selección natural quedaron las socias actuales. Josefina es ingeniera agrónoma y trabajara para la ONG Fovida. Esta institución da apoyo y asesoría técnica en todo lo que es la cadena del cacao, y han acompañado a Warmi Tsinani desde sus inicios.

“En esa época no se consumía mucho el cacao. Ahora está más difundido. Eran pocos los que sabían tostar y moler, y tomarlo en Navidad. Todo el cacao que se cosechaba se iba para venta en grano. En Navidad encontrábamos a veces a productores comprando su ‘Sol del Cuzco’ en el mercado. Entonces era algo ilógico que los productores de cacao, teniéndolo acá, no lo transformen. Entonces se conformó la organización y tuvo buena acogida”, recuerda la especialista. 

Para iniciarse como socias tenían que tener una parcela propia de cacao de una cuadra cada una de las integrantes. Fue acá que algunas vieron las formas de buscar recursos para ello. Tenían que vender chupetes en el parque o hacer ‘picaronadas’.

En casi todos los casos los esposos no querían firmar ni avalar préstamos. Por ejemplo, para Marisela, la actual presidenta, fue un golpe de suerte el poder conseguir sus primeras plantas de cacao.

“Empecé a tener mis cultivos mediante una socia. Ella dijo que hay plantas que no se han querido llevar y han dejado en el vivero que ha hecho la ONG. Yo las obtuve y las planté en mi parcela que solo era un pastizal. Empecé a cultivarlas, no tenía experiencia y no sabía los cuidados de las plantas. Yo antes solo cocinaba en mi casa y ayudaba a tostar cacao. Yo pensaba ‘¡cómo quisiera ingresar a la asociación!’, pero mi esposo no quería y lo poco que tenía era para los gastos. Me emocioné cuando en el vivero me regalaron. Cada planta costaba 2. 50 soles y en el vivero me dieron como 400 plantas”, relata.

Luego vendrían los procesos de capacitación, pues casi ninguna tenía experiencia en el manejo de chocolate y cacao. Mejor citar a Luzmila, que lo resume bien:

“Las señoras eran amas de casa. Solamente hacíamos, artesanalmente, lo que era la transformación del grano… con la máquina de molido, esa máquina de corona… lo molíamos a 10 veces, 12 veces para sacar la pasta de cacao y hacer chocolate. Es a mano. Así fue que entramos a proyectos. Primero fue a ‘Manos Unidas’, que adquirimos máquinas. Es una ONG que nos ha apoyado. También con FOVIDA. En total que hemos entrado a ese proyecto y nos han dado, en primer lugar, para comprar nuestro material, nuestro grano, para poder participar en Mistura. Llegamos a participar allí en 2013. Después de eso, vimos allí en Mistura que los chocolates son con mejor acabado, con mejor presentación. Entonces decidimos mejorar eso. Entramos a proyectos, empezamos con ‘Aliados II’, que nos dio una punzadora y un molino refinador. [Aliados II es un proyecto de apoyo a emprendimientos del Ministerio de Agricultura]. Luego extranjeros que nos han conocido en las ferias, como Terranova, que son españoles, también nos han apoyado a adquirir ya nuestros moldes. Adquirimos moldes con policarbonato, y también nos han dado lo que es la cámara de frío para que nuestros chocolates… el templado, la textura, se mantengan así de firmes, que sean duros”.

Como en cualquier negocio, estar a la vanguardia en tecnología e innovación se hace necesario. Marisela nos explicó lo importante que fueron las capacitaciones que recibieron en Ica y Lima para ver en plantas profesionales como hacían el chocolate con máquinas. “Nosotras emocionadas hemos visto eso. Vimos cómo se logra que salga con buena consistencia. ‘Vamos a lograrlo’, dijimos. Presentamos nuestro proyecto a Agroideas y a Aliados II; con estos últimos hemos obtenido nuestras máquinas. Ahora tenemos cámara de frío. Antes lo hacíamos con congeladora, nuestros chocolates salían mal. Porque era muy fácil que se pase de frío y se desperdicie”, recuerda.

Aunque conocieron de las innovaciones, no perdieron el toque y la esencia artesanal. Y fue lo que las llevó a ganar el premio del Cacao de Plata en el ‘Salón del Cacao y Chocolate’, una de las exposiciones más importantes en la materia en la región. Ese toque “hecho a mano” se ha logrado por la forma en cómo manejan el cacao desde el cultivo. Usan el cacao criollo, que si bien rinde menos, es de mucho mejor calidad que el que normalmente se comercializa en el mundo. Han aprendido a controlar las plagas y mantener la poda a una altura adecuada, todo orgánicamente, sin uso de pesticidas ni químicos. Luego, sus granos pasan a un proceso de post cosecha en las plantas de mejoramiento, también apoyadas por la ONG Fovida, en el mismo Río Negro. Allí se produce la maduración y secado, en viveros especiales, a los que también fuimos para conocer el proceso. Digamos que es la parte más “científica” del asunto.

LOS ESPOSOS: “SÍ, PERO NO”

Hay una notoria coincidencia en las historias de estas mujeres: la lucha contra la idiosincrasia patriarcal que subyuga a las mujeres casi exclusivamente a labores del hogar.      

Blanca Peña Pérez es la única socia asháninka de pura cepa en la asociación. Es de la etnia de Marankiari Bajo, en Perené. Mirada guerrera, risa fácil y una tenacidad capaz de doblegar las dificultades de la naturaleza. Blanca no ha leído a Carlitos Marx y probablemente tampoco sepa que “todo lo sólido se desvanece en el viento”, y que todo aquello que es producto de la convención social, como el machismo, ha de encontrar un verdugo que lo subvierta. Blanca no solo lucha contra la monilia (plaga que destruye el fruto del cacao), sino también contra el machismo inveterado de nuestras sociedades.

Mi esposo al inicio no quiso que me involucre en el proyecto, ‘pierdes tiempo -me decía-, pura reunión y ningún fruto’. Se ponía celoso, decía que me estaban usando por ser asháninka. En verdad él no entendía que yo como mujer podía cumplir otras funciones. Él trabaja de seis de la mañana a tres de la tarde. Yo aprovechaba ese lapso para escaparme y poder ir a mis reuniones de capacitación, y posteriormente a producir el chocolate con las demás compañeras”, dice, mientras desde la sombra que brinda una mesa de madera colocada asoma una pequeña niña. Es la más pequeña de sus siete hijos. Mientras conversábamos en casa de Marisela, a la vez que narraba pausadamente su historia, iba revisando el cuaderno escolar de la pequeña.

Aunque el esposo de Blanca se opone en apariencia al nuevo oficio de su esposa, es el primero en disfrutar de sus chocolates terminados. “’¿Quién te ha regalado?, ¡Le falta azúcar!’, me dice bromeando”, nos cuenta la mujer, y agrega como infidencia que su marido le lleva chocolates a sus amigos para que prueben. Pese a que ante ella no lo niegue, siente orgullo.

La misma Marisela, aunque de una generación más joven que Blanca, también ha tenido que nadar contra la corriente machista. ¿Qué rol juegan los esposos en el proyecto de Warmi Tsinani?, le preguntamos.“Por mi parte, mi esposo se va a trabajar por su cuenta. Se va a trabajar a Atalaya. Bastantes veces me desanimó. Las socias que son adventistas, la mayoría se han encargado de convencer a los esposos. ‘¿Para qué vas a hacer eso?’, me preguntaba mi esposo. Me decía ‘¿para qué van a hacer chocolate si hay otros chocolates ricos?’. ‘Ustedes no están en la capacidad de hacerlo’, me decía. Pero ahora que yo como presidenta me encargo de ir a las ferias y recibir a los turistas, su rostro ha cambiado, porque ha visto este esfuerzo. A mí no me dice nada por celos, pero ante sus amigos saca pecho por Warmi Sinani”, responde.

De hecho, esto les ha significado lograr empoderamiento y mayor grado de independencia a las mujeres de Warmi Tsinani. Proceso que ha observado la ingeniera Josefina: “Nosotros en un inicio, cuando entramos en el proyecto con FOVIDA, teníamos dentro de nuestra lista de socios general a mayor cantidad de varones; pero en la realidad, cuando tú ves las listas de asistencia a las escuelas de campo y talleres, hay más mujeres. Como que las mujeres han tomado mucha preponderancia en el cultivo de cacao. Y en el caso de Warmi Tsinani toditas ellas manejan sus parcelas. Más bien los varones a veces tienen que preguntarles cómo le hacen. Una de las socias en determinado momento decía ‘yo desde que empecé sola a podar, a manejar mi plantación de cacao, siento que recién puedo tomar decisiones, incluso hasta de comprarme un par de zapatos. Antes tenía que pedirle permiso a mi esposo, ahora yo también aporto en la casa’. Ahora ellas se sienten más con derecho».

Por lo pronto, Warmi Tsinani venden sus chocolates en ferias, en su local de Río Negro, en el terminal de buses de Satipo y algunos minimarkets locales. El siguiente paso es pasar de asociación a cooperativa, lo que les va a permitir repartir utilidades, acceder a préstamos, entre otros beneficios; pues la asociación es, legalmente, sin fines de lucro. Asimismo, están abriendo camino para exportar, para lo cual ya están por lograr la certificación orgánica que les corresponde y que es necesario para ingresar en mercados más competitivos. Logran producir varias decenas de kilos de bitter por mes, pero van camino a aumentar la producción para lograr la ansiada exportación.

Nota: El Facebook de Warmi Tsinani para pedidos es https://www.facebook.com/Warmitsinani/

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